miércoles, 26 de marzo de 2014

Pablo Iglesias, Verstrynge y el Papado

Oigo a Pablo Iglesias en una tribuna pública defender apasionadamente a Jorge Verstrynge y denostar a multitud de profesores universitarios "de izquierdas", como él los llama con algo de desdén, porque, asegura el embrión de fenómeno mediático, estos últimos han juzgado al ex-secretario general de Alianza Popular en su intento de auparse como elemento representativo de Podemos. Se me ponen los pelos de punta, francamente. Me explico.

Yo me he apuntado a un círculo de Podemos porque tras leer el manifiesto fundacional de esa formación y tras analizar, hasta donde mi información alcanza, los hilos con los que se está tejiendo su existencia, me ofrece una razonable garantía de que su propósito y su potencialidad son distintos, por un lado, de los partidos políticos tradicionales al uso; y, por otro, de las formaciones asamblearias que han proliferado en este país en los últimos años, buenas, bajo mi punto de vista, para despertar el reflejo de la rebelión y organizar la protesta, pero no para dar solución a lo que provoca la una y la otra.

Lo primero que me ha convencido de Podemos es que no hace una crítica feroz y abstracta de la política, vinculándola a los políticos conocidos como si aquella fuera consecuencia ineludible de éstos. Por el contrario, declara su convencimiento de que es mediante "la" política como podremos quitarnos de encima "esta" política.

Lo segundo que me ha llevado a incorporarme a uno de sus círculos es ver la gente que la sustenta, que apuesta por ella. Podemos (es bien conocido) surge de una iniciativa de nivel muy personal. Precisamente de una iniciativa muy centrada en Pablo Iglesias. Pero quienes recogen la idea y la propuesta y comienzan a trabajar para articularla no son Pablo Iglesias y tres más, sino un conjunto de gentes que en muchos casos llevan décadas haciendo esa política que nunca ha sido la basada en la componenda y la corrupción, sino en la propuesta, el debate y la acción hasta donde han alcanzado las fuerzas.

Llegado el momento de la primera prueba de fuego para una formación política recién nacida, como es el caso de una cita electoral próxima, inevitablemente adquieren un protagonismo que no necesariamente tiene que tener fuera de ese ámbito, cosas como quién va a representar a quién y para qué. Es decir, el asunto de los candidatos. Un candidato representará, si es elegido, a una cierta cantidad de personas ante una determinada institución. Pero, independientemente de que sea elegido o no, mientras hace pública su candidatura y la defiende, antes del momento de las votaciones, esa persona está representando a la fuerza política por la que se presenta. En el caso de Podemos, sus candidatos me representan, entre otros, a mí.

Y no quiero que me represente Jorge Verstrynge, o bien tener que sentirme representado por él. Es mayormente por la cosa esa de su pasado, lo admito, pero también por cosas de su presente, que tienen que ver con declaraciones públicas muy recientes que caen con bastante rotundidad en el terreno de la xenofobia, o cuanto menos del chovinismo más acendrado y el rechazo implícito a personas de otros países que migran hacia éste en el que vivimos.

Llegado a ese punto, me surge la misma duda que parece surgirle a Pablo Iglesias a tenor de lo que dice en el video de su intervención pública mencionada al principio de este escrito: ¿no estaré siendo injusto? ¿Acaso no debe tener Verstrynge la oportunidad de cambiar de ideología y de planteamiento político?

Mi pasado me empuja hacia la generosidad de reconocer ese derecho a cualquiera. Pero también me empuja a medir con tranquilidad y sin apasionamiento los pasos a dar en ese sentido. Pablo Iglesias da varios ejemplos que ilustran la mudanza ideológica y política de Verstrynge: la participación en una protesta estudiantil, el carácter más radical que el de otros en esa protesta, el hecho de haberse ido a su puesto de profesor universitario tras ser líder destacado de la derecha franquista, no haber cedido a la tentación de acaparar puestos en consejos de administración de empresas solventes... Todo ello, la verdad, bastante valorable.

Personalmente, me gustaría coincidir una vez con Jorge Vertrynge en un café, pongamos por caso, y poder preguntarle acerca de su trayectoria política, que siempre ha despertado en mí, lo confieso, bastante curiosidad. Realmente han pasado muchos años en los que su proyección política ha sido escasa, por no decir inexistente, pero siempre muy alejada de esa derecha en la que hizo sus primeras armas. Es alentador, incluso, que haya casos así. Creo, incluso, que probablemente Don Jorge acabase cayéndome simpático. Yendo más allá, no me sorprendería que aceptase (si él también lo hacía, claro) compartir con él actuaciones y determinadas militancias políticas.

Pero eso es una cosa, y otra, muy distinta, aceptar que así, sin más ni más, se erija en representante mío. Que su cara, con las tiernas arrugas de su presente, pero inevitablemente la misma que la de su pasado, sea una de las caras con las que a mí me vean. Que su pensamiento, cuando hable de determinadas cosas, sea el que me atribuyan a mí. Con eso, hoy por hoy, no estoy de acuerdo.

Pero menos de acuerdo aún estoy con el hecho de que alguien que representa a Podemos en mucha mayor medida que Jorge Verstrynge, como es el caso de Pablo Iglesias, defienda a aquél y su presencia en las listas de elegibles como candidatos dentro de Podemos. No quiero que la idoneidad de una apuesta de este calibre esté basada en que el más mediático de todos los promotores de Podemos haya sido o no alumno de su defendido. Ni en que la actitud de su ex-profesor le parezca más o menos radical. No me gusta que la plataforma de una presentación pública de un círculo de Podemos sirva para hacer una enconada defensa de alguien, por el hecho de que ese alguien haya sido criticado y puesta en duda la conveniencia o el acierto de que forme parte de la lista de candidatos electorales.

Pablo Iglesias dice que quienes no tienen sitio en Podemos son quienes se ponen a juzgar a Verstrynge en los términos en los que le han juzgado. Habla, incluso, del papel cuasi pontifical de quienes eso han hecho, y del rechazo que en él genera esa actitud papal. Pero no cae en la cuenta de que su actitud es la más parecida a la de un padre espiritual de una congregación, a una parte de la cual hay que reconducir, o cuanto menos amonestar, por apartarse... ¿de qué? ¿De la opinión personal y de las filias de Pablo Iglesias? Porque en Podemos no hay nada que prohíba a Verstrynge postularse como candidato de la formación para unas elecciones, pero tampoco hay nada que impida a miembros de Podemos expresar su descontento e incluso su rechazo hacia una determinada candidatura. Y además, apañados vamos si la idoneidad de alguien como candidato viene dada por lo radical de la frase lanzada a un director de informativos de televisión en una protesta.

La actitud de Pablo Iglesias genera en mí una duda muy seria respecto al papel que él se otorga en esto de Podemos. Convendría que Pablo (que me disculpe la familiaridad) y cualquier otro se impusiera a sí mismo los límites propios de quien predica la política sin élites, la política desde abajo sin líderes de voluntad omnipotente. Los liderazgos deben ganarse, en mi opinión, por mucho más que haber tenido una idea brillante o por participar en tertulias. Seguro que él tiene más méritos que esos, pero no creo que los suficientes como para pretender imponer candidatos. Y a eso es a lo que me suena, y mucho, la intervención de Iglesias.

De ahí lo de los pelos de punta.

domingo, 26 de enero de 2014

Elogio de un hombre serio

No recuerdo con precisión cuándo conocí a Miguel Romero. Probablemente en algún congreso de la LCR, pero no sé en cuál. Muy pronto después de entrar a militar en aquel partido, creo. Mi primera impresión fue la que con seguridad causaba en casi todo el mundo cuando le conocía "metido en faena", es decir, en plena discusión política: una persona seria.

Y no uso el adjetivo en el sentido de carente de humor, sino de responsable en sus opiniones, fundamentadas siempre en el conocimiento del tema y en la reflexión sobre él. Y sincero. Es algo tan desconocido hoy, en lo que se entiende por política, esto de ser sincero, que vale la pena explicar lo que significa: lo que decía lo pensaba realmente. Y lo que pensaba era lo que pretendía llevar a cabo. Sencillo planteamiento, ¿no?

Dirigente político reconocido por militantes de muy alto nivel de los cinco continentes, el Moro trataba con esa seriedad tanto los temas como las personas con las que se relacionaba. Tanta era esa seriedad y respeto, que obligaba en mucha medida a los demás a hacer un esfuerzo para ponerse a su nivel. De ahí que debatiendo con él fuese frecuente que uno se preparase la argumentación de sus opiniones mejor, las fundamentase con más solidez. No se trataba de un examen; se trataba de estar a la altura.

La de veces que trabajando con él en la redacción de 'Combate', él como director y yo como jefe de redacción, durante la última época de la publicación, me mojó la oreja con tal o cual tema. No le había dado las suficientes vueltas, tal aspecto está muy cogido por los pelos, aquéllo hay que documentarlo más, las galeradas no están bien maquetadas, la foto no es buena... Porque, como persona esencialmente seria, no había apenas aspecto al que no diese importancia. La primera revista teórica y de debate que la LCR tuvo después de las míticas 'Inprecor' y 'Comunismo', fue 'Viento Sur', que aún se publica con buena salud. Para ella pidió y consiguió que el creador de la maqueta de 'Rouge' y de tantas otras publicaciones francesas con alto nivel de diseño, Jerôme Oudin, se desplazase desde Paris para trabajar con nosotros empapándose de lo que queríamos obtener. La sobriedad de la propuesta que finalmente pergeñó agradó especialmente al Moro (y a mí, hay que decirlo), yo creo que porque era seria. Servía para lo que tenía que servir, era (y es) clara y sin florituras, y "funcionaba" bien. Pues ya está, de eso se trataba.

Periodista político, cinéfilo, amante del flamenco, culé hasta la médula, hombre de aguda ironía y lengua rápida... Y trostkista. Tan trostkista, que, como muchos otros, rizó el rizo de la 'esencia trostkista' y puso en solfa el trostkismo conocido para apelar a una nueva forma de ser revolucionario, sin ese apellido pero conviviendo con las mejores tradiciones de esa corriente histórica.

Tenía en la época en que le traté una película como favorita, 'El Sur', de Víctor Erice, y en ella se resume la personalidad y la trascendencia de Miguel Romero. Porque es una película seria por su planteamiento (inacabada, pero seria), tierna y nostálgica en su envoltura y rigurosa en su construcción. Si alguien me propusiese parecerme a una película, no se me ocurre otra mejor.

Te echaré mucho de menos, Moro.





martes, 31 de diciembre de 2013

Mi deseo de año nuevo: viajes espaciales baratos

La tecnología no avanza lo suficiente en estos últimos tiempos. ¿Dónde quedaron los viajes al espacio para gente con dinero? Sin duda la insuficiente demanda de plazas en las naves que llevarían a los favorecidos a surcar el espacio estelar, ha obligado a una disminución de los presupuestos destinados por las empresas al perfeccionamiento y abaratamiento de tales artefactos. Por causa, pues, de la crisis, los ricos no están viajando al espacio con la frecuencia y en la cantidad que sería de desear.

Como resultado colateral, la gente pudiente, que se ve obligada a permanecer mayoritariamente en este planeta, sigue dedicándose a lo que mejor sabe hacer: acrecentar más aún su riqueza. Aburridos de obtener por sus inversiones unos beneficios demasiado magros (no más allá del cincuenta o el sesenta por ciento), los ricos han encontrado para ello un camino más fácil, si bien de dudoso futuro, cual es exprimir a los pobres para que éstos cedan a los primeros la exigua renta que hubieran podido ahorrar en los tiempos aún cercanos de la bonanza especuladora. O sea, en los tiempos en que vivíamos por encima de nuestras posibilidades.

Uno de los efectos beneficiosos de esa nueva deriva optimizadora de beneficios que los ricos han seguido, es la que tan acertadamente ha destacado el ministro de Hacienda, Fernández Montoro: la decisión, absolutamente libre y voluntaria, de la sociedad española de renunciar a los servicios públicos. El Gobierno, siempre atento a las necesidades de la sociedad, antes incluso de que ésta se dé cuenta de ellas, ha procedido con presteza a implementar las leyes y acciones gubernamentales oportunas para satisfacer tal deseo de renuncia.

Realmente no puedo concebir un mundo más feliz que aquel en el que un gobierno respeta la voluntad popular y actúa con diligencia para hacer que se cumpla. Sin necesidad de soviets ni otras molestas y caducas formas organizativas, ha tenido que ser el Partido Popular el que acierte con la fórmula adecuada para restituir a la sociedad española el Paraíso Perdido que todos anhelábamos recuperar.

Ahora, que ya que han cumplido esa función, podían abaratarse los viajes al espacio y que todos se fueran en alguna nave a Sirio, pongamos por caso.

jueves, 24 de octubre de 2013

Fumar mata

He vuelto a fumar, miren ustedes por dónde. Después de trece años, creo, de no hacerlo, ahora me ha dado por ahí. No tiene mucha relevancia el porqué, es sólo porque en momentos de mucha tensión, de muchas cosas que hacer al mismo tiempo y todas muy distintas, los cinco segundos que se tarda en mirar los cigarrillos, decidir fumarse uno, sacarlo del paquete y encenderlo, liberan mucha de esa tensión.

Creo que volveré a dejarlo, pero no porque no me guste (me encanta), sino por pavor a que mi hijo Marcos crea que me voy a morir sin remedio. Es lo que pensó al principio (él, que jamás me había visto fumar) cuando me vio encender uno y leyó la ostentosa leyenda que obligan a poner en los paquetes: "Fumar mata".

El tabaco puede ser causante de varios tipos de cáncer que pueden ser mortales con bastante facilidad. Además, produce un incontestable deterioro de la capacidad física en varios sentidos. Quien aspira continuadamente su humo, aun sin fumarlo, se ve perjudicado también, siquiera sea marginalmente. Pero eso mismo, o más, se puede decir de decenas o centenares de productos y acciones que consumimos o por las que nos vemos afectados a diario, sin que por ello nadie mueva un dedo para anatematizarlas.

Pensemos en el brutal deterioro de la atmósfera terrestre, e incluso de las capas por encima de ellas. Nos jugamos el planeta, pero los países pueden comprar cuotas de contaminación a otros para cubrir el expediente de que cumplen con Kioto, Yamamoto o la conferencia que toque en cada momento, aunque sigan contaminando a placer. Los vehículos a motor proporcionan o potencian muchas de las afecciones pulmonares y respiratorias en general, pero el Gobierno invierte dinero en incentivar la compra de más vehículos.

Vivir en la calle y sin trabajo crea un estrés insoportable que produce compulsión hacia el suicidio, y en ocasiones éste se produce. No tener con qué alimentarse produce malnutrición y trastornos del crecimiento en los niños que no pueden tomar la suficiente leche, la suficiente fruta, la suficiente carne y el suficiente cariño de unos padres volcados exclusivamente en encontrar una ocupación remunerada con la que darle algo de todo lo demás. El permanente acoso laboral y la amenaza de despido libre, o el trabajo esclavo al que el sistema nos aboca, produce trastornos de la personalidad y vuelve violenta a la gente.

Les invito a que completen ustedes la lista, que con todos estos ejemplos se ha quedado muy corta. Yo, por mi parte, voy a fumarme un pitillo para que se me pase la mala leche.

viernes, 18 de octubre de 2013

Felicidad para Raquel

Hay momentos que se deben disfrutar en soledad para que tengan todo su sabor. Hoy, en una mañana absolutamente otoñal, encuentro cinco minutos para fumar un cigarro en la terraza de mi piso en Rivas. Son casi las diez de la mañana y el sol calienta lo justo para secar poco a poco la ropa tendida. Apoyado en la baranda, me dejo sorprender por una especie de agudizamiento de los sentidos. Me parece escuchar, con los ojos entrecerrados, a la hormiga que camina, marcial, por su sendero en la tierra de enfrente; o la hoja de ese árbol cayendo desde tres metros; hasta parece que escucho a la sombra arrastrarse por el suelo cambiando de posición lentamente. Un jardinero usa su rastrillo en un movimiento acompasado y sin prisas, sin ruidos, bajo este amable sol de otoño.

Me gustaría que pudiera disfrutar de todo esto Raquel, la madre abandonada con dos hijos que intenta que Bankia le admita cambiar el pago de su hipoteca por un alquiler social ajustado a los 450 euros que ingresa al mes. Me gustaría que pudiera saber que sigue teniendo problemas, pero que puede afrontarlos desde un lugar en el que salir cinco minutos a la terraza en una mañana de sol amable y escuchar a las hormigas, los jardineros y las hojas cayendo.

Después podrá volver a sus preocupaciones, pero al menos habrá sentido algo grande, unos minutos de felicidad durante el día.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Mariposas en el estómago y viento en la espalda

Ayer estuve en la creo que sexta presentación que Elena Muñoz hace de su novela "Como viento en la espalda". He de reconocer que en mi opinión en muchas de las presentaciones de obras literarias se alaba tanto al libro que después, cuando lo lees, tus expectativas quedan defraudadas. No es el caso.

A Elena la conozco superficialmente desde hace muchos años y un poco más en profundidad desde hace muy poco. Es en esta última fase cuando he podido comprobar su empuje y sus imperturbables ganas de ver la vida por el lado positivo. Gran profesional de la comunicación, creo que compartimos unas miras más altas de lo habituales en lo que a eso, a la comunicación, se refiere. Yo procuro hacerlo en parte porque publico una revista y me va en ello casi la vida. Ella lo hace, creo yo, no sólo por eso, sino porque le apasiona comunicar.

Ese verbo oculta una de las tareas más arduas que en la actualidad pueden acometerse, porque es bien sabido que el enorme ruido que existe en ese mundo, el de la comunicación, hace que sea difícil escuchar lo que alguien tiene que decir. Elena tiene varios ambientes distintos en que procura salvar ese escollo y pienso que lo consigue con el perfil más difícil de interlocutor: el del pequeño empresario local que, acuciado o no por la crisis, siempre tiene en la recámara la pregunta de "¿cuánto me va a costar esto?" en lugar de "¿qué voy a ganar con ello?"

De esa facilidad para la comunicación ha nacido sin duda la primorosa facilidad para explicar sentimientos que puede que en general sean comunes -como ella misma reconoce y valora- a los de la mayoría de la gente, pero que en otros, son más específicamente suyos. La original estructura de su novela se arma sobre la base de varias entradas que Elena ha ido colgando en su blog, "Mi vida en tacones", desde hace tiempo, y esas entradas dan la clave de cada capítulo. No obstante, que den la clave no significa que el capítulo de la novela sea un simple desarrollo de la entrada del blog. Esta última es sólo lo dicho: una clave, algo que puede servir para entender mejor los motivos y algún que otro guiño, pero que no limitan el desarrollo literario de la novela en sí.

De esta última, además, puedo decir algo bastante determinante: la comencé a eso de las tres de la mañana, unas cuantas horas después de la presentación y en ese momento en que los noctámbulos interiores (es decir, los que no lo somos tanto por estar bebiendo copas, sino por aprovechar la magia de la noche) luchamos entre el cansancio y las ganas de seguir viviendo otro poco más. Una hora después había llegado casi a la página sesenta y aunque el sueño ya no me dejó continuar, hoy ha sido lo primero que he hecho cuando he podido.

Harto ya de decepciones con novelas con mucha cáscara y poca nuez, casi resignado a volver una y otra vez a mi Yourcenar, a mi Saramago o a mi Le Carré, encontrar algo que, sin ser puro divertimento, por fin te estimula, te interesa y te hace querer seguir leyendo, es muy gratificante.

Asi que gracias, Elena.

(Ah, y lo de las mariposas del título, pregúntenselo a ella en su blog, si les pica la curiosidad)

miércoles, 26 de junio de 2013

Lástima de San Mamés

En estos días se procede a la retirada del arco de San Mamés, una estructura metálica muy al gusto del industrialismo bilbaíno de principios de siglo pasado (aunque realizada en los años cincuenta o sesenta) que se prolongó hasta bien entrado el mismo y que otorgaba (el arco, no el industrialismo) a la propia ciudad de Bilbao un paisaje reconocible a gran distancia. Vamos, que, sin llegar a ser la Torre Eiffel, hacía las veces de tal en ese reducto de una antigua burguesía vasca soñadora de tener un estado propio que gobernar y un país propio al que poder sacar la sangre.

Con la retirada de ese emblemático arco, prácticamente se puede decir que el trabajo de demoler el viejo estadio de fútbol del Athlétic de Bilbao, queda terminado.

A mí, que no soy seguidor de ese equipo de fútbol, aunque nunca me ha caído nada mal a pesar de las sonoras e injustificadas pitadas que allí ha recibido el Real Madrid (el más glorioso club de todos los tiempos y lugares, sin duda), a mí, digo, me da bastante pena que la Catedral, como era conocido, se desvanezca, por muy útil que sea el terreno que ocupaba para construir otro campo.

Yo, qué quieren que les diga, habría aprovechado para realizar con ese estadio un ejercicio de producción intensiva de cohesión intergeneracional. Bajo tan pedante definición se oculta la brillante idea de haber construido el nuevo estadio en otro sitio y haber dejado que el viejo se fuera haciendo más viejo, que sucumbiese, si preciso fuera, a los efectos del tiempo y de quién sabe qué espantosas enfermedades que afecten a las estructuras arquitectónicas.

Al cabo de veinte o treinta años, habría ya una generación de jóvenes bilbaínos que podrían pasar por delante de las ruinas de la vieja Catedral y quedarse unos segundos mirándolas, como el que mira a algo reconocible, algo de cuando eran jóvenes. En plena vena romántica, podrían hacer como que escuchaban el griterío de los aficionados en sus gradas, jaleando o denostando a propios o a extraños. A sus hijos podrían mostrarles la mole y decirles: "Aquí venía yo a ver al Athlétic". Y sus hijos, a su vez, podrían mirar el viejo estadio con una difícil mezcla de asombro y de indiferencia, pero siempre con el respeto que, aun sin querer, producen las ruinas.

Porque los edificios en ruinas, como las personas ancianas, son injustamente apartadas de la vida en general con la excusa de que hay que hacer (o nacer) cosas nuevas, personas nuevas. Y yo me pregunto: ¿es imprescindible hacer desaparecer lo viejo, las ruinas, lo que se cae a cachos, para hacer nacer lo nuevo? ¿No se puede hacer nacer en otra parte?.

Ya sé que la Acrópolis, pongamos por caso, es una ruina gloriosa que se mantiene con los mayores cuidados, pero se trata de una ruina de feria. Si las ruinas tuvieran sentimientos, bien que lloraría esa espléndida estructura ateniense por no poder disponer de un momento a solas para recordar a sus héroes de antaño. Y si las ruinas no tienen tiempo para recordar, sino sólo para ofrecerse, un poco prostitutas tal vez, a los ojos de los turistas, entonces tampoco puede haber ojos que vean en ellas la majestuosidad que tuvieron,  aunque sólo sea en nuestra memoria, siempre dispuesta a magnificar el pasado.

Descubro ahora con estupor que ese verso de la versión española de la Internacional en el que se hace alusión a la necesidad de "hacer del pasado añicos", es el que se viene aplicando a las ruinas, las humanas y las arquitectónicas. Con lo útil que sería hacerlo valer para lo que los compositores del himno querían: hacer añicos el tipo de sociedad y la injusticia que la acompañaba y la acompaña aun hoy.

Pero no a los edificios. Dejadlos en paz y que sirvan de ancla a una memoria cada vez más difícil de retener entre tanta novedad.

viernes, 12 de abril de 2013

A 300 metros

A trescientos metros la vista del ser humano medio no es capaz de distinguir prácticamente nada con cierto nivel de detalle. Si se trata de un coche, pongamos por caso, escasamente diferenciaremos su contorno y podremos identificar la marca o modelo. Si fuese un animal más pequeño que, digamos, un caballo, seguro que tendríamos que intentar acertar a voleo su especie. Por supuesto, a trescientos metros no distinguiríamos en absoluto los rasgos de una persona.

Y todo esto refiriéndome al sentido de la vista. En lo que a otros sentidos se refiere, las limitaciones impuestas por la distancia serían absolutas. No podríamos oler, por ejemplo, prácticamente ningún olor que se cerniese a esa distancia. El tacto no nos alcanzaría y el oído no nos traería eco alguno. Del paladar, ni hablemos, lógico.

Así que trescientos metros me parece una distancia francamente buena a la que mantenerse de cualquiera de los miembros de este gobierno innoble, de esta bazofia política, de esta inhumanidad vestida de traje y corbata. Me parece, incluso, una distancia arriesgada si queremos mantenernos apartados del peligro de contagio de corrupción moral, más aún que la económica o política, que les corroe.

A trescientos metros no podrán contaminarnos, mientras que nosotros podremos escupirles, no importa si no llegamos a alcanzarles, porque el desprecio del escupitajo es ya pleno cuando sale de los labios, y para nada hace falta que llegue a estamparse en sus malditas jetas.

miércoles, 27 de marzo de 2013

El estupor de la Diócesis de Getafe


En una reciente asamblea del AMPA del Colegio Trabenco se informó de que, un año más, la Diócesis de Getafe, que entiende de los asuntos de la religión católica relacionados con Leganés, se había dirigido, por medio de su delegado de Educación, al Consejo Escolar del colegio, para trasladarle su preocupación por la continuada e "inexplicable" falta de familias que opten por solicitar para sus hijas e hijos la enseñanza de la religión católica.

El Consejo Escolar les ha respondido, como viene haciendo desde casi la noche de los tiempos, que "se sigue escrupulosamente la normativa vigente" y que se ratifican en que "todos los años son informados en contexto de matriculación, en asamblea general del Centro a principios de curso, asamblea de ciclo y asamblea de aula acerca de la oferta de la asignatura de religión católica, que cualquier familia tiene derecho a solicitar".

Sobran tanto los comentarios, que no voy a hacerlos. Disfruten ustedes de imaginar la cara que seguramente pondrán en la Delegación de Educación de la Diócesis de Getafe cada año a comienzos de curso.

sábado, 9 de marzo de 2013

Grandola, de nuevo

Leo en El Diario (periodismo, a pesar de todo) una nota de Amador Fernández-Savater en la que da cuenta de la costumbre que los portugueses están adquiriendo de tapar la boca a los representantes y cómplices de la Troika en su país, utilizando para ello el canto de 'Grandola, vila morena'. Se pregunta el autor qué canción podría ser en España el equivalente de 'Grandola'. Lamento decir que no existe tal equivalente.

 'Grandola' representó a una revolución auténtica y básicamente triunfante, que terminó con una dictadura e instauró un régimen único y original en la Europa de 1970. Se quedó a medio camino de muchas cosas y avanzó en otras el doble de lo que podía esperarse. A pesar de las derrotas que la reacción posterior a 1974 desató en ese país; a pesar de la represión contra la mayor parte de las cabezas más lúcidas de aquella revolución; a pesar de todo ello, el grado de triunfo de esa revolución lo manifiesta el hecho de que jóvenes y viejos tengan en común, hoy, cosas como 'Grandola'. Que gente con treinta años de distancia generacional, sea capaz de sentir básicamente lo mismo al escuchar esa canción, y sea capaz también de pensar en ella como la más adecuada para tapar la boca a una panda de estafadores.

Hay varias canciones en España que podrían aspirar a igualarse con 'Grandola' en lo que a contenido se refiere. Algunas, incluso, resultan tan bellas y emotivas como la canción de José Afonso. Pero la inmensa mayoría no son objeto de tanto consenso intergeneracional respecto a su significado y uso posibles. No es casualidad, es el producto de una Transición que en lugar de juntar, ha separado quirúrgica y cuidadosamente a hombres de mujeres, a jóvenes de mayores, a catalanes de andaluces y a pobres de ricos.

Si acaso, yo diría que sólo una canción de entre todas puede aspirar a ser usada de la misma forma: el 'Himno a la libertad' de Labordeta. Si tienen dudas, miren los muchos videos de los homenajes populares a Labordeta con motivo de la muerte del cantante. El tipo de emoción que se deja ver es de esos que une sin saber cómo ni por qué. Es el tipo de emoción que puede hacer que si en el momento de estar cantándola, pasan Rajoy o Cospedal, lluevan piedras sobre sus cabezas.

Que es de lo que se trata.