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De interiores y exteriores. En memoria de Carlos Slepoy

Cuánto puede engañar el ojo y el  oído humanos. Quien mirase a Carlos Slepoy, especialmente en los últimos años, sin la prevención de esa advertencia, vería seguramente a un ser humano débil, postrado primero en su silla de ruedas, pero capaz de controlar el resto de su vida; después, apenas capaz de controlar su propia expresión; por último, sumido en una existencia mínima. Grave error de apreciación.

Ese ser humano mucho más grande que su pequeña estatura había pasado por centros de detención y tortura famosos pero infames, en su Argentina natal, durante la dictadura de Videla. Había soportado cosas que pocos soportan y había sobrevivido, pero no para ocultarse en el último rincón del mundo, temeroso de que las pesadillas volvieran a convertirse en realidad. Al contrario, exiliado ya en España había tomado las riendas de un trabajo tenaz y muchas veces penoso por la difícil obtención de resultados positivos: lidiar con los jueces españoles (difícil hablar de Justicia en este país) …

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