martes, 14 de febrero de 2017

La importancia de la velocidad en la acumulación de legitimidad política

Altamente inusual esto de escribir dos entradas en un mismo día en este blog. Sin embargo, no creo que deba ser pasado por alto un magnífico análisis de Raúl Camargo sobre Vistalegre 2 que leo hoy mismo.

Dice Camargo en su análisis que "Anticapitalistas puede felicitarse por una buena campaña, donde se ha demostrado espíritu de equipo, donde se ha respetado el contrario, y se ha sido leal al proyecto de Podemos y eso ha redundado en una “victoria moral” –como han señalado varios medios. Esta acumulación lenta de legitimidad sin duda será de máxima utilidad para lo que está por venir." Yo creo que en lo esencial las cosas han sido así en lo que a la posición de Podemos en movimiento y la forma de manejarla se refiere. Pero haría bien la corriente en plantearse (aunque probablemente ya lo ha hecho) un tema crucial: el de la velocidad.

Raúl reconoce explícitamente que esa acumulación de legitimidad es "lenta", pero cree que será de la máxima utilidad en el futuro inmediato. Yo, a la luz de la experiencia, creo que las velocidades lentas suelen facilitar una pérdida del objetivo. Simplemente porque cuando se quiere llegar a él, ha desaparecido. Ya es otro.

La izquierda radical en este país tuvo un momento de oro con ocasión de la larguísima campaña contra la entrada de España en la OTAN. El movimiento anti-OTAN supo mantener en jaque a dos gobiernos, uno de los cuales (el primero del PSOE) había sido arropado además por un aliento de esperanza sin precedentes en el Estado español desde 1939. Durante prácticamente cinco años, ese movimiento fue alentado por las organizaciones políticas y sociales más claramente adscribibles al ámbito de la izquierda radical (particularmente LCR y MC). Fue un movimiento del que nadie se planteó obtener una trascendencia política mediante una opción electoral. Se esperaba que el resquemor producido por la tramposa campaña realizada desde el gobierno y sus fuerzas más afines, produciría una acumulación de fuerza que podría ser llevada hacia el ámbito de la política-movilización, y que la opción electoral debía ser descartada porque no era lo que había estado en la base de la fuerza del movimiento pacifista y anti-OTAN.

El resultado fue un lento pero visible desgaste de esa supuesta acumulación de fuerza. En vez de mantenerse o incluso agrandarse, la acumulación se fue desinflando. La gente que se había dejado las pestañas durante aquellos años no vio una opción política clara, no vio una salida concreta. Y poco a poco fue abandonando los fuertes y castillos, que al final quedaron bastante desiertos durante una larga temporada. Casi se puede decir que el Estado español fue un erial político para la izquierda entre 1987 y 2011, con honrosas pero insuficientes excepciones en torno a temas puntuales (incluyendo la huelga general, el movimiento contra la guerra del Golfo y el surgido en torno al hundimiento del Prestige).

No me parece una locura comparar aquellos cinco años del movimiento pacifista, en lo que se refiere a capacidad de convocatoria y continuidad de la lucha, con el 15M. Seguramente menos extendido que este último, también menos transversal probablemente, fue sin embargo un movimiento de largo recorrido y que consiguió movilizar a millones de personas de forma muy continuada en todo el territorio del Estado. Se sucedieron manifestaciones de cientos de miles en las principales ciudades, pero también en lugares bastante pequeños. El tema interesó a la población en su conjunto. Se hablaba de la OTAN, de su naturaleza, de los pros y contras de entrar en ella. De los distintos argumentos. Se acumularon muchas cosas en aquellos años. Pero se tardó sólo uno (siendo generoso) en perderlo casi todo.

Hoy está Podemos, y eso marca una diferencia crucial con aquel momento. Pero también Podemos está sujeto a las leyes (si es que las hay) que marcan los cambios políticos. Lo que pase dentro de Podemos, y la velocidad a la que ocurra, no es indiferente. Más bien creo que será determinante.


Humo y fuego

Dice una persona conocida mía y apreciada personalmente en mucha medida, que no entiende la "política de comunicados incendiarios" porque -asegura- éstos suelen darse cuando no se tiene la razón y se sabe que no se tiene, y que antes de lanzar determinadas quejas lo que habría que hacer sería preguntar, informarse, contrastar.

Al leer lo de incendiarios me viene a la cabeza la romanza de la zarzuela 'Doña Francisquita', en concreto aquel estribillo que dice: "por el humo se sabe dónde está el fuego". El comunicado al que sin duda se refiere la persona a la que aludo, más que calificarse de incendio creo yo que habría que calificarlo de humo. Y no en el sentido fácil que cualquier malintencionado podría darle (es humo, es nada, que diría Quevedo), sino en el que la romanza le asigna: el humo señala el incendio, pero no es el fuego en sí mismo.

Hay comportamientos que, por reiterados y señalados docenas de veces, se convierten en previsibles. Hay veces que quien juzga tales comportamientos se puede equivocar, pero el error es tan evidentemente producto de una determinada experiencia, que el que es juzgado debería plantearse qué y cómo ha hecho las cosas continuadamente para que la otra parte le juzgue de tal forma.

Faltan nombres y otras referencias importantes en este comentario, pero dado que le persona conocida mía se ha expresado también con el mismo nivel de inconcreción, creo lo más adecuado darle una respuesta bienintencionada en los mismos términos.

Cada cual piense para sí si todo lo hace correctamente. Por mi parte, siempre ando dándole vueltas a eso mismo. Mi conclusión particular es que no. Categóricamente no. No lo hago todo bien.

jueves, 2 de febrero de 2017

Carta a una amiga preocupada por lo que pasa en Podemos

Una vieja amiga me escribe desde fuera de España, horas después de enterarse de la dimisión de Carolina Bescansa y Nacho Álvarez de sus cargos al frente de Análisis Político y Economía, respectivamente, de la organización a nivel estatal. Se muestra angustiada por no verse en situación de conocer con detalle lo que pasa en Podemos. Ésta ha sido mi respuesta:

En Podemos se está librando, evidentemente, una lucha por el poder interno. Eso no es nuevo ni en la izquierda ni en la derecha. ¿Es que no hay navajazos en el PP cada vez que se pone en duda el liderazgo de quien sea? La diferencia entre la izquierda y la derecha en España (y en otros países también, desde luego, empezando por Estados Unidos) es que esta última no tiene partidos políticos en el sentido que habitualmente la gente le da al término: organizaciones con una ideología y unas propuestas sobre cómo gestionar y hacer avanzar la sociedad de cada país. La derecha tiene partidos como instrumentos para repartirse el control de los medios económicos, y a ese control es a lo que llaman política. La izquierda tiene partidos para cambiar la sociedad, mientras la derecha los tiene para mantener el orden establecido. Evidentemente, las consecuencias de esos objetivos tan diferentes, son palmarias: la derecha no necesita discutir sobre algo tan arduo y difícil como es dar con el modo concreto de convencer a una mayoría social de abandonar la senda que está acostumbrada a pisar. El refranero español es útil para resumir: más vale malo conocido que bueno por conocer, piensa una mayoría de españoles, y por ello vota al PP (o al PSOE llegado el caso), que son elementos conocidos.

Las revoluciones son hechos antinaturales en la sociedad humana, que lo que tiende a buscar es la estabilidad, no importa si la consigue en un contexto de pobreza y malestar, siempre y cuando no sean excesivos y literalmente insoportables. Nadie ha iniciado en ningún sitio nunca una revolución sobre la base de una simple construcción teórica de la conveniencia de avanzar hacia otra sociedad distinta, ni siquiera cuando los argumentos han podido ser evidentes. El cambio climático es un hecho probado para cualquiera que esté dispuesto a molestarse en ver la naturaleza de los argumentos y pruebas de quienes sostienen su existencia ya ahora mismo. Sin embargo, una simple propaganda hace que sea algo puesto en duda por una gran mayoría. O ni siquiera puesto en duda: basta con que, aunque sea crea vagamente en él, se entienda que las alarmas son exageradas y que ya habrá algo que alguien haga en algún momento para que el planeta no explote.

Esta es la naturaleza del sentir y del pensar mayoritario en una sociedad que no cuenta entre sus prioridades la de conocer realmente sobre los problemas y necesidades del mundo, sino que se limita a buscar para cada persona o unidad familiar un lugar en él, no importa si ese lugar es provisional y dura poco tiempo.

En este contexto, la izquierda ha tenido, tiene y tendrá siempre este problema: antes o después en las organizaciones políticas encuadradas en ese difuso espectro llamado izquierda, surge primero la duda sobre qué hacer y cómo hacerlo, después el convencimiento de la necesidad y más tarde la seguridad de que es determinante hacer eso que cada facción entiende que hay que hacer y cómo hacerlo. Y surge el enfrentamiento. Surge porque todas las facciones de cualquier organización de izquierda entienden que es vital acertar con la estrategia y la táctica adecuadas. Es vital porque en ello se juegan en bastante medida la vida ellos y el pueblo al que quieren (queremos) representar. En los políticos de la derecha esa motivación no existe, porque a quienes quieren representar es gente como ellos mismos, que tienen normalmente resueltos, y de sobra, esos problemas básicos. Así que sus necesidades son otras y están en un nivel muy distinto. Eso les da la necesaria homogeneidad y estabilidad. Y a su vez, esa homogeneidad y estabilidad los hace previsibles y abanderados de la estabilidad que la mayoría de la población sueña con tener.

En Podemos no se es ajeno a todo esto, y por tanto hay que contar con que estas situaciones se van a dar continuamente. Es baldío lamentarse sobre la existencia de los enfrentamientos, lo realmente útil es esforzarse por bosquejar un pensamiento propio acerca de qué hay que hacer y cómo, buscar en qué corriente se encuadra mejor ese pensamiento propio, y apoyarla. Lo que no debería ocurrir es que se considere tan rápida y fácilmente como "enemigas" a las demás corrientes. En cierto modo, la postura de Bescansa y Nacho Álvarez me parece bastante de alabar éticamente, porque ambos evidencian una disposición a no aceptar esa tendencia a menospreciar cualquier afinidad en aras de resaltar la diferencia entre líderes. Lo que han dicho es, más o menos: "puede que estemos más con éste que con aquél, pero nos parece más importante enviar un mensaje en el sentido de que ni éste ni aquél están comportándose a la altura de las exigencias del momento".

Errejón y Pablo tienen derecho a esgrimir sus diferencias. El problema es que la gente suele olvidar que los derechos, aunque existan y se posean, no son algo que haya que ejercer sí o sí, en todas las ocasiones. Se puede tener derecho a algo y sin embargo hacerse consciente de que no es necesario ni adecuado ejercerlo. No es el caso, evidentemente.

Más en lo concreto: creo que Pablo Igesias tiene más derecho que nadie a sentirse el líder más reconocido de Podemos. Eso no quiere decir que me parezca bien su indefinición política respecto a temas centrales (decir vaguedades del tipo de que "estamos con los círculos" o que "hay que hacer política para la gente" es no decir nada prácticamente), sino que no me parece discutible su condición de líder más reconocido. Y si tiene importancia establecer quién es el líder más reconocido, pues discutirle eso sólo tiene sentido cuando se elige un camino equivocado, que es el de disputar el liderazgo para después imponer tu política... que tampoco se sabe muy bien en qué consiste la que propugna Errejón, más allá de también vaguedades y construcciones meramente teóricas relativas al concepto de clase social (aunque no lo llame "clase") y en cuál o cuáles de ellas hay que apoyarse para pilotar un cambio social.

Y con esos mimbres, el enfrentamiento está servido en los términos en los que se sirve en Podemos.

No he encontrado una forma más corta de contarte lo que creo que pasa en Podemos, aunque seguro que muchos sabrían resumir en pocas palabras lo que yo he dicho.

Un beso

lunes, 2 de enero de 2017

El silencio después del silencio

El silencio suele ser gratificante, sobre todo en esta época de ruido, tanto físico como intelectual. A veces es acongojante, por lo que tiene de falta de esa respuesta que esperas ansiosamente. Otras, es liberador, como cuando la Administración te dice que sí a algo sin decírtelo. Esta tarde, en Rivas, el silencio ha sido polifacético, y tanto ha tenido de opresivo como de emocionante y liberador.

El asesinato de Matilde a manos de su pareja, novio o lo que sea ha afectado, y mucho, a una ciudad normalmente instalada en un relativamente plácido discurrir de los días. Se ha notado desde el plano institucional hasta el de la calle. En la concentración que a las seis se ha realizado en una plaza ripense había mucha gente, a pesar del poquísimo tiempo con el que se ha convocado. El acto ha comenzado con puntualidad y ha consistido en un escueto anuncio del Alcalde: "vamos a comenzar los cinco minutos del silencio". Y sin más ni más, así se ha hecho.

Cinco minutos es mucho tiempo en según qué circunstancias, y las de esta tarde eran de las que más destacaban la concentración de la gente en un acto bárbaro como el sucedido. Sin embargo, no es lo que más me ha llamado la atención.

Lo que más me ha sorprendido, primero con agobio, después con cercanía y con agradable sorpresa más tarde, es que, una vez transcurridos esos cinco minutos "oficiales", la gente ha permanecido en su sitio quizás quince o veinte minutos más. Al final, unas personas aquí y otras allá han gritado algunas consignas absolutamente apropiadas, pero el resto del tiempo lo que ha habido ha sido un silencio abrumador. El silencio tras el silencio. Uno de esos silencios que notas hasta el punto de hacerte volver la cabeza para ver si ha pasado algo.

Y sí que había pasado: la gente sentía de verdad lo ocurrido y tenía la comezón de la rabia en la punta de la lengua.

No era, desde luego, el tipo de silencio que facilita que ocurran hechos como el asesinato de Matilde. No era el silencio cómplice del que mira para otro lado mientras alguien mata a alguien con frialdad y cobardía. Era el silencio cargado de voces de quienes despertamos a la cruda realidad y nos dimos cuenta de que no se puede callar más. Hablamos con el silencio, aunque mañana toque hablar y hacer con nuestros actos.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Palabras antes que nombres

Documentos y Punto es el nombre de un equipo de trabajo formado por casi cuarenta personas de Podemos Comunidad de Madrid que decidimos afrontar el proceso de creación de documentos para la Asamblea Ciudadana autonómica con un criterio: no importan las familias, no importan las caras y los nombres, importan las propuestas claras y concretas.

Es por ello que, a pesar de que puedan adscribirnos a diferentes “familias” de Podemos, demostramos formando este equipo que salir de esa dinámica tan agobiante y limitadora es posible. Y lo es si se toma como norte la reflexión y el debate sin prejuicios. Poner un tema sobre la mesa, discutir pausada y amigablemente sobre él y llegar a conclusiones que luego se plasman sobre un papel y se ofrecen al resto. Es lo que hemos hecho.

Podemos tiene, en la Comunidad de Madrid y en otros sitios, problemas lógicos y propios de una formación que está cuajando en medio de sucesivas batallas electorales. Propios también de una organización formada por gentes con procedencias muy diversas y culturas políticas y organizativas
también plurales. Con esas características, no nos asombra que haya debates, a veces enconados, respecto a qué hacer y cómo hacerlo.

Es normal, pero que lo sea no es óbice para buscar la manera de limitar o eliminar los efectos más negativos de esa diversidad (que, como en todo, también los hay). La fórmula en la que creemos para ello, y la que hemos puesto en práctica, es la del debate sin prejuicios. El resultado lo podrán juzgar las y los inscritos en Podemos dentro de unas horas, y para juzgarlo no necesitarán pensar si este equipo es “de éste” o “de aquélla”.

No hemos querido, conscientemente, entrar en la dinámica de presentación por adelantado de equipos (a veces con visos de candidatura) que tan frecuente está siendo en otros casos. Hemos querido esperar a tener nuestros documentos debatidos, redactados y validados. Puestos a disposición de todos y todas las inscritas por igual. Nos gustaría que se leyeran sin tener en cuenta quién los suscribe, porque eso no es lo importante.

A partir de este momento, cuando quedan pocas horas para que todos los documentos de todos los equipos estén validados y subidos a la web de Podemos, queremos iniciar el proceso normal y
previsto para esta Asamblea Ciudadana, buscando los puntos en común con los documentos de otros equipos y ofreciéndonos a considerar las enmiendas o propuestas de los demás.

Nos han motivado, ciertamente, algunos temas que consideramos de particular relevancia en el debate: el rechazo a la acumulación de cargos, la búsqueda de una organización territorial coherente y dinámica, el empoderamiento real de los círculos, el funcionamiento eficaz de los órganos... Sobre ellos, pero también sobre el resto de aspectos que se debatirán, queremos mantener un diálogo con el resto de Podemos. Con todos y todas. Porque si en Documentos y Punto nos hemos podido poner de acuerdo gente de diversas procedencias, es que también es posible hacerlo con otros equipos y personas.

Ahora es el momento de los documentos, y no de los nombres. Para esto último habrá tiempo después, cuando, con las ideas claras gracias al debate sobre propuestas, se pueda tener una noción cabal y reposada de quiénes pueden representar mejor las debatidas y aprobadas. De quiénes pueden dirigir mejor política y organizativamente a Podemos Comunidad de Madrid. Sin pausas, pero sin prisas.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Una limpiadora de hotel dirigiendo Podemos

Escribe Raúl Camargo un artículo en la publicación 'Contexto y Acción' en el que plantea bastantes verdades y bastantes retos políticos interesantes. Sin embargo, yo me he detenido en una afirmación que supone una muy buena forma de plantear didácticamente la cuestión del poder. Y más en concreto, la cuestión del poder en Podemos. Dice Camargo en su artículo que "(...) por desgracia, a día de hoy, es muy difícil imaginar que una “kelly” [una limpiadora de hotel] pueda dirigir Podemos".

Yo querría decir que, en mi opinión, no sería a priori mejor ni peor que Podemos lo dirigiera una limpiadora de hotel o un doctor en Ciencias Políticas. La política (y con esto tomo en cierta medida partido, soy consciente de ello) no es sociología ni ingeniería. La política, para serlo de verdad y no renunciar a su objetivo teórico y honorable de conducir a la sociedad por el mejor camino posible de acuerdo a unos determinados principios éticos e ideológicos, debe ser necesariamente un arte, en el sentido de que en ella, en la política, hay muy pocas verdades y muy pocas certezas inamovibles; muy pocas reglas que se puedan compendiar en un manual que luego, a su vez, pueda ser llevado a la práctica al pie de la letra.

Lo que sí es necesario en política es poseer ciertos dones que tanto puede poseer la limpiadora como el doctor. El don de observar la realidad permanentemente para ser consciente de lo que ocurre; el don del aprendizaje para no repetir eternamente los mismos errores, propios o ajenos; el don de la humildad para no convertirse de político en diosecillo; el don de la comprensión para ser capaz de entender lo que dicen los demás y no anclarse en el sectarismo como recurso último.

Todos esos dones los puede atesorar cualquier tipo de persona. Hay otras cosas, evidentemente, que también juegan papeles importantes en política: el conocimiento de las leyes, de los reglamentos, del funcionamiento de la maquinaria del Estado, de la influencia de determinadas acciones (o inacciones) sobre el comportamiento de la gente... Pero esto se puede aprender, y lo puede aprender tanto la limpiadora como el doctor. El segundo probablemente tenga alguna ventaja en algunas de estas facetas, pero sin duda la limpiadora puede llegar a tenerla en otras.

La cuestión, pues, se reduce a escuchar lo que la limpiadora dice y lo que dice el doctor, sin prestar atención a si es una u otro quien lo dice. Escuchando, como si dijéramos, con los ojos cerrados para no ver una ropa, una cara, un aspecto, y sólo oír una frase, una propuesta, un análisis. Para no caer en la tentación de reconocer en la cara de la primera una ignorancia presupuesta y tantas veces falsa, ni en la cara del segundo una soberbia intelectual en muchos casos desmedida y carente de fundamento. O (no lo perdamos de vista) para no caer en la tentación contraria: presuponer a la limpiadora unas dotes ocultas que no tiene, ni al doctor una soberbia que no gasta.

Créanme si les digo que precisamente por todo lo anterior siempre he creído en el poder y la conveniencia de "los papeles". El papel, cuando es sólo papel sin adornos y sin logotipos, es como muy neutral: uno entrega a la impresora dos textos escritos con el mismo tipo y tamaño de letra y maquetados de la misma forma, y después de leerlos podrás saber cuál te parece bien, cuál te parece mal o cuál de los dos te parece mejor que el otro. Sin caras, sin gafas ni peinados de diseño, sin vaqueros de moda y también sin vestidos deshilachados que nada aportan a lo que de verdad importa.

Incluso sin historias. Porque la historia de cada cual no niego que ayuda a valorar a las personas, pero también es cierto que condiciona la valoración acerca de lo que cada cual va a saber y querer hacer. Y en política cuenta lo que se hizo, pero más aún lo que se va a hacer.

lunes, 25 de abril de 2016

De primaveras y aniversarios

El próximo 28 de abril, en el Pleno municipal de Rivas, pienso llevar un clavel rojo. Hoy, día 25 de este mismo mes, es el aniversario de la Revolución de los Claveles en Portugal, y considero que están las dos fechas suficientemente cercanas para que el hecho sirva como homenaje.

Un país, Portugal, y una revolución, la portuguesa, a los que España siempre ha dado la espalda, pero que ha dejado tras de sí, junto a muchos golpes bajos, el mantenimiento de una capa social amplia que ha venido apoyando propuestas de izquierda de forma continuada. No olvidemos que antes, mucho antes de que surgiera el 15M en España; antes de que en Francia tuviera eco el Partido de la Nueva Izquierda; y, claro está, antes de que surgieran Syriza o Podemos, en Portugal el actual Bloco d'Esquerda ya tenía diputados y alcaldes.

También en abril se ha conmemorado el aniversario de la proclamación de la Segunda República en España. Sin embargo, no he puesto ningún post en esa fecha. ¿La razón? No voy a decir una cosa por la otra: la principal razón es el maremagnum de eventos y reuniones en las que se ve uno metido, que relegan eficientemente las emociones a un segundo o tercer plano. Pero no sólo.

Puede que también haya un factor generacional que hace que la Segunda República me quede más lejos, y que la Revolución de los Claveles la sienta más mía. Motivos (de edad) hay para ello, sin duda. Por otro lado, aunque también en Portugal hubo una contrarrevolución manifiesta y otras muchas menos evidentes, lo cierto es que en el país vecino aquel 25 de abril dejó más poso del que ha dejado la Segunda República en España. Es más fácil encontrar a gente conociendo y cantando Grandôla Vila Morena en Portugal, que el Himno de Riego en España, por decirlo de algún modo.

Me entra la duda de si es patriótico sentirse más cercano a aquellos siete días de abril que acabaron con una dictadura que prometía ser más longeva que la de Franco, que a todo lo que la Segunda República representa. Pero no se preocupen, porque evito cuidadosamente contestarme a mí mismo, porque en el fondo nunca he sido muy patriótico, término que me resulta difícil desvincular del más peyorativo de patriotero.

Sea como fuere, aquí dejo una vez más una canción que inevitablemente, año tras año, hace que se me ericen los pelos de la nuca y se me salte una lágrima traidora.


jueves, 21 de enero de 2016

La memoria, sin más remedio



Leo en eldiario.es acerca de una singular página web, Escoitar.org, en la que gente con fundamento ha colgado alrededor de 1.200 grabaciones de distintos sonidos relacionados con Galiza. Son sonidos comunes, callejeros, de los que nuestro oído recoge pero nuestra mente filtra para que apenas los escuchemos: la lluvia repiqueteando, monótona, en una carretera de una aldea gallega, un domingo por la mañana; las campanas de un pueblo convocando a la fiesta del lugar; las olas batiendo contra el casco semihundido de un carguero en la Costa da Morte...

Si estas grabaciones, que forman lo que los constructores de la página llaman un mapa sonoro de Galiza, no fueran por sí mismas suficientemente singulares como conjunto, se añade el hecho de que cada sonido, una vez que alguien, cualquier persona, lo escucha, queda automáticamente borrado de la página. Nunca más podrá escucharlo nadie. Cuando entre usted en esa página, pues, ya no habrá 1.200 grabaciones disponibles. Vaya usted a saber cuántas quedan...

Escuché varias de ellas con una mezcla de sentimientos: curiosidad por ver qué me deparaba cada grabación, pero también culpabilidad por ser causante, por el mero hecho de escucharla, de su desaparición.

Cuando iba por la tercera grabación, de repente me acometió la urgencia de dejar de escuchar más cosas. La curiosidad me incitaba a ello, pero me di cuenta de que no se trataba, al menos para mí, de escuchar mucho, sino de retener algo.

Es lo que nos hace falta. Urgentemente, perentoriamente. Nos resulta imprescindible no meter más información en nuestra pobre cabeza. Nos hace falta más bien procesar la que ya tenemos, reconocer su valor y sacar conclusiones de ella. Da igual si es un monótono sonido grabado de lluvia o la última valoración sobre la posibilidad de que forme gobierno el PP o el PSOE. No necesitamos más información. Necesitamos buena información y tiempo para procesarla.

Así, el hecho de que estas grabaciones sonoras se autodestruyan nada más ser escuchadas remite al imprescindible ejercicio de memoria y de reflexión. El imprescindible ejercicio de pensar sobre lo que sabemos antes de colmar nuestras pobres neuronas con centenares de conocimientos adicionales. Créanme, no hay más remedio.


domingo, 20 de diciembre de 2015

De promesas incumplidas

Cualquier cambio político en España, sea cual sea el resultado de las elecciones que hoy mismo se están produciendo, será menor de lo que unos y otros esperan. Ésta es una máxima que puede considerarse de índole pesimista, ciertamente, pero en realidad se ajustaría más a la calificación de realista.

Nadie puede evitar prometer más de lo que va a poder cumplir. La diferencia está entre quienes prometen conscientes de que no harán lo que dicen porque no querrán hacerlo, y quienes lo prometen quizás conscientes de que no podrán hacer todo lo que dicen, pero sí que querrían. Dirán ustedes que no hay diferencia entre unos y otros, pues a la postre todos incumplirán sus promesas. No es así, verán por qué.

Quienes han hecho de la política una profesión provechosa de la que no quieren despegarse y en la que piensan navegar toda su vida, mienten al prometer porque, al modo en que el escorpión responde a la rana en la fábula, está en su naturaleza hacerlo. Alguien les ha chivado cuántos voto ganarán con esa promesa falsa, y ávidos de sufragios se lanzan, incontinentes, a ganarlos con cualquier arte. Armados de la suprema ley de la política entendida como la entienden ellos, que no es otra que la del fin justifica los medios, roban esos votos porque están convencidos de que representan la mejor opción para los votantes, mal que les pese a éstos. Y así, hurtarles el voto no es más que una forma algo paternalista de velar por su salud política, que al fin y al cabo es para lo que ellos (los políticos de este tipo) están en lo que están.

Los otros, los que quizás son conscientes de que no podrán cumplir, prometen con la enconada decisión de, no obstante, intentar por todos los medios cumplir la mayor parte que puedan. Será la eterna lucha entre la realidad y el deseo la que decante más tarde el resultado de tal batalla.

La diferencia, pues, está en las intenciones. A los primeros no habrá forma de sacarles nada de lo prometido si realmente no estaba en su cabeza cumplirlo. Tienen trazada su hoja de ruta y en ella no cabe la duda, porque la duda corroe (ya lo decimos frecuentemente: "me corroe una duda") y vuelve antipático ese camino convenientemente recto y limpio hacia su éxito personal.

A los segundos sí que les podremos sacar cosas. Tendrán mala conciencia ante cada cosa que han prometido y ven enormes dificultades para cumplirla. Pero es que tener mala conciencia implica tener alguna conciencia. Y esa es la cuestión, lo que marca las diferencias.

Ojalá gane alguno de los partidos que, cuando no puedan cumplir todo lo que han prometido, se carguen de mala conciencia. El paso siguiente será montar las correspondientes manifestaciones a la puerta de su sede, para recordarles que lo prometido es deuda. Malo será que no saquemos con ello una buena tajada (legítima, no me malinterpreten).

Que el cosmos reparta suerte.

lunes, 28 de septiembre de 2015

La ira vacía

Inquietante, pero interesante, sentimiento el de la ira. Para ser sincero y políticamente incorrecto, la ira es una emoción tan natural como el amor. No deberíamos renegar de ella tan fácilmente como lo hacemos, porque quien más y quien menos habrá experimentado el enorme poder curativo de la ira en según qué ocasiones.

Por introducir algo de humor en tan severa reflexión, quién no ha jurado en arameo ante la imposibilidad de armar uno de esos puzzles madereros que nos colocan bajo el eufemismo de "mueble" y que en realidad no pasa de ser una caja con tablones, tornillos y un plano. Es la ira que aflora. Por ponerme más serio, quién no ha deseado el mayor mal del mundo a ciertos elementos de uniforme al ver lo que hacen a unos pobres y pacíficos manifestantes. Es la ira, claro está.

Sin embargo, hay que reconocer que hay iras e iras. Está la ira que podríamos tildar de justa y que, al menos según los cristianos más tradicionales, nos acerca a Dios. A la ira de Dios, en concreto. La ira justa se produce ocasionalmente, en momentos en que observamos una conducta inaceptable, de las que ofenden nuestro sentido del pudor y de la vergüenza. Y está la ira continua, la iracundia, mejor.

La iracundia es un estado de ira permanente. Afecta a determinado tipo de personas que, por lo general, se sienten frustradas. Que la causa de su frustración sea aceptable o no es cosa de cada cual, porque nadie es nadie para juzgar el estado mental de los demás. El iracundo, o la iracunda, sueltan su adrenalina con una frecuencia que llama la atención del común de los mortales, y suele llegar un momento en que sale a la luz por motivos no siempre muy comprensibles.

En política (que es a donde quería yo llegar), la iracundia suele tener que ver con la incapacidad para resolver situaciones. Las que sean. Pongo un ejemplo: un partido quiere presentarse a las elecciones, realiza tarde las gestiones necesarias para legalizar su candidatura, llega fuera de plazo a las fechas reglamentadas y facilita que una Junta Electoral le deniegue la inscripción de su candidatura. Asciende la ira, sale a flor de piel. Parafraseando a Miguel Hernández, se convierte en la ira que no cesa.

A mí personalmente me parece normal que ocurra en una situación así, e incluso es necesario aceptar cierto nivel de ira durante cierta cantidad de tiempo. Lo que ya no es tan normal es que la ira se reconvierta en remedo de política. Que la política se pretenda sustituir con furibundas diatribas contra todo el mundo. Éste partido es repudiable porque ha llegado a un pacto con aquel otro. El de más allá lo es también porque no es suficientemente crítico con el primero y se hace demasiado amigo del segundo. Todos ellos son deleznables porque... en realidad, porque son OTROS partidos.

La iracundia suele pasarse o bien cuando se ve que los demás resultan indiferentes a ella, o bien cuando no se obtiene con ella el resultado deseado. Seguro que a la vuelta de cuatro años, con una nueva convocatoria electoral por medio y con una más correcta planificación de las gestiones a realizar, un partido como el del ejemplo logrará presentarse y, quizás, obtener representantes. Y entonces la iracundia se transformará como por arte de magia en una dialogante postura que hará ver la conveniencia de tal o cual pacto, de tal o cual acuerdo.

Será entonces cuando se pueda renunciar a la ira. Y será tanto más fácil hacerlo cuanto más inconsistentes sean los motivos que la han producido. Hay iras e iras, claro que sí. Las peores son las iras vacías.

jueves, 6 de agosto de 2015

Una mandíbula cuadrada y firme

Hay rasgos físicos que hablan del carácter de una persona mucho mejor que las bolas de cristal o las líneas de la mano. Hay ojos, manos, pómulos, frentes, mandíbulas y bigotes que nada más verlas le dicen a uno que esa persona es recta, seria, firme.

Piños tenía un conjunto de esos rasgos que llevaron a una agencia de modelos a fotografiarle. Transmitía credibilidad, honradez, fiabilidad. Y sus rasgos no mentían.

Quizás fue la primera persona en la LCR que dejó huella en mí. Ni se arrugó ante la cárcel ni lo hizo ante los palos y los disparos de la policía en decenas de ocasiones. Constante en su militancia, muy serio en sus planteamientos, vivió hasta los cuarenta años largos una vida dedicada casi exclusivamente a esa misma militancia política. Tan sólo a los cuarenta y muchos, con décadas de no haber pensado en sí mismo (como Moro y como tantos otros de los dirigentes de aquel partido), asumió la necesidad de cambiar su vida y buscar un modo razonable de ganársela.

Al tiempo, encontró en una vieja compañera a la compañera final de su vida. Tuvo dos hijas y un trabajo decente que le procuró una jubilación ligeramente anticipada también decente. Y sólo ocho o nueve años después de eso, esta misma mañana, un infarto le ha sacado de su Cantabria natal y se lo ha llevado. Supongo que a una urna. Quizás a una tumba en un cementerio.

Normalmente soy muy partidario de la incineración, En este caso, sin embargo, de manera egoísta, me gustaría que a Piños le enterrasen. Sólo para poder tener un lugar al que acudir para saludarle. Con toda la admiración que entre gente así no suele manifestarse en vida, porque suena a coña, pero que cuando se van te das cuenta que de coña, nada. Les admiras, y mucho.

Ojos, manos, pómulos, frentes, mandíbulas y bigotes como los de Piños no se queman ni se pudren así como así. Cincuenta años después siguen indelebles en la memoria de quienes los han visto y los han conocido. Que le sea leve a la tierra o al fuego, porque con gente como tú, Piños, más les vale a los elementos andarse con cuidado.