A trescientos metros la vista del ser humano medio no es capaz de distinguir prácticamente nada con cierto nivel de detalle. Si se trata de un coche, pongamos por caso, escasamente diferenciaremos su contorno y podremos identificar la marca o modelo. Si fuese un animal más pequeño que, digamos, un caballo, seguro que tendríamos que intentar acertar a voleo su especie. Por supuesto, a trescientos metros no distinguiríamos en absoluto los rasgos de una persona.
Y todo esto refiriéndome al sentido de la vista. En lo que a otros sentidos se refiere, las limitaciones impuestas por la distancia serían absolutas. No podríamos oler, por ejemplo, prácticamente ningún olor que se cerniese a esa distancia. El tacto no nos alcanzaría y el oído no nos traería eco alguno. Del paladar, ni hablemos, lógico.
Así que trescientos metros me parece una distancia francamente buena a la que mantenerse de cualquiera de los miembros de este gobierno innoble, de esta bazofia política, de esta inhumanidad vestida de traje y corbata. Me parece, incluso, una distancia arriesgada si queremos mantenernos apartados del peligro de contagio de corrupción moral, más aún que la económica o política, que les corroe.
A trescientos metros no podrán contaminarnos, mientras que nosotros podremos escupirles, no importa si no llegamos a alcanzarles, porque el desprecio del escupitajo es ya pleno cuando sale de los labios, y para nada hace falta que llegue a estamparse en sus malditas jetas.
A este lado del Rubicón
La bitácora de Antonio Flórez, que se siente sumamente escéptico sobre su valor.
viernes, 12 de abril de 2013
miércoles, 27 de marzo de 2013
El estupor de la Diócesis de Getafe
En una reciente asamblea del AMPA del Colegio Trabenco se informó de que, un año más, la Diócesis de Getafe, que entiende de los asuntos de la religión católica relacionados con Leganés, se había dirigido, por medio de su delegado de Educación, al Consejo Escolar del colegio, para trasladarle su preocupación por la continuada e "inexplicable" falta de familias que opten por solicitar para sus hijas e hijos la enseñanza de la religión católica.
El Consejo Escolar les ha respondido, como viene haciendo desde casi la noche de los tiempos, que "se sigue escrupulosamente la normativa vigente" y que se ratifican en que "todos los años son informados en contexto de matriculación, en asamblea general del Centro a principios de curso, asamblea de ciclo y asamblea de aula acerca de la oferta de la asignatura de religión católica, que cualquier familia tiene derecho a solicitar".
Sobran tanto los comentarios, que no voy a hacerlos. Disfruten ustedes de imaginar la cara que seguramente pondrán en la Delegación de Educación de la Diócesis de Getafe cada año a comienzos de curso.
sábado, 9 de marzo de 2013
Grandola, de nuevo
Leo en El Diario (periodismo, a pesar de todo) una nota de Amador Fernández-Savater en la que da cuenta de la costumbre que los portugueses están adquiriendo de tapar la boca a los representantes y cómplices de la Troika en su país, utilizando para ello el canto de 'Grandola, vila morena'. Se pregunta el autor qué canción podría ser en España el equivalente de 'Grandola'. Lamento decir que no existe tal equivalente.
'Grandola' representó a una revolución auténtica y básicamente triunfante, que terminó con una dictadura e instauró un régimen único y original en la Europa de 1970. Se quedó a medio camino de muchas cosas y avanzó en otras el doble de lo que podía esperarse. A pesar de las derrotas que la reacción posterior a 1974 desató en ese país; a pesar de la represión contra la mayor parte de las cabezas más lúcidas de aquella revolución; a pesar de todo ello, el grado de triunfo de esa revolución lo manifiesta el hecho de que jóvenes y viejos tengan en común, hoy, cosas como 'Grandola'. Que gente con treinta años de distancia generacional, sea capaz de sentir básicamente lo mismo al escuchar esa canción, y sea capaz también de pensar en ella como la más adecuada para tapar la boca a una panda de estafadores.
Hay varias canciones en España que podrían aspirar a igualarse con 'Grandola' en lo que a contenido se refiere. Algunas, incluso, resultan tan bellas y emotivas como la canción de José Afonso. Pero la inmensa mayoría no son objeto de tanto consenso intergeneracional respecto a su significado y uso posibles. No es casualidad, es el producto de una Transición que en lugar de juntar, ha separado quirúrgica y cuidadosamente a hombres de mujeres, a jóvenes de mayores, a catalanes de andaluces y a pobres de ricos.
Si acaso, yo diría que sólo una canción de entre todas puede aspirar a ser usada de la misma forma: el 'Himno a la libertad' de Labordeta. Si tienen dudas, miren los muchos videos de los homenajes populares a Labordeta con motivo de la muerte del cantante. El tipo de emoción que se deja ver es de esos que une sin saber cómo ni por qué. Es el tipo de emoción que puede hacer que si en el momento de estar cantándola, pasan Rajoy o Cospedal, lluevan piedras sobre sus cabezas.
Que es de lo que se trata.
'Grandola' representó a una revolución auténtica y básicamente triunfante, que terminó con una dictadura e instauró un régimen único y original en la Europa de 1970. Se quedó a medio camino de muchas cosas y avanzó en otras el doble de lo que podía esperarse. A pesar de las derrotas que la reacción posterior a 1974 desató en ese país; a pesar de la represión contra la mayor parte de las cabezas más lúcidas de aquella revolución; a pesar de todo ello, el grado de triunfo de esa revolución lo manifiesta el hecho de que jóvenes y viejos tengan en común, hoy, cosas como 'Grandola'. Que gente con treinta años de distancia generacional, sea capaz de sentir básicamente lo mismo al escuchar esa canción, y sea capaz también de pensar en ella como la más adecuada para tapar la boca a una panda de estafadores.
Hay varias canciones en España que podrían aspirar a igualarse con 'Grandola' en lo que a contenido se refiere. Algunas, incluso, resultan tan bellas y emotivas como la canción de José Afonso. Pero la inmensa mayoría no son objeto de tanto consenso intergeneracional respecto a su significado y uso posibles. No es casualidad, es el producto de una Transición que en lugar de juntar, ha separado quirúrgica y cuidadosamente a hombres de mujeres, a jóvenes de mayores, a catalanes de andaluces y a pobres de ricos.
Si acaso, yo diría que sólo una canción de entre todas puede aspirar a ser usada de la misma forma: el 'Himno a la libertad' de Labordeta. Si tienen dudas, miren los muchos videos de los homenajes populares a Labordeta con motivo de la muerte del cantante. El tipo de emoción que se deja ver es de esos que une sin saber cómo ni por qué. Es el tipo de emoción que puede hacer que si en el momento de estar cantándola, pasan Rajoy o Cospedal, lluevan piedras sobre sus cabezas.
Que es de lo que se trata.
viernes, 25 de enero de 2013
Dos regalos
Me hace la señora Condesa un regalo inestimable por partida doble. El regalo en sí, el objeto que irá a parar al lado cariñoso y noble de mi biblioteca, es un ejemplar de "Un llamamiento a los esforzados, oprimidos y exhaustos pueblos de Europa", colección de escritos publicados sueltos por Trotsky en diferentes fechas antes, durante y después de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, y publicada sorprendentemente por Santillana el año pasado. Acompañando a ese regalo viene un sobre con una nota, que es un segundo regalo en sí misma.
Quienes me conocen podrán pensar que el primer regalo me alienta a escribir sobre Trotsky, su personalidad política y su legado, así como sobre las curiosas actualidades y conveniencias que una importante parte de su posicionamiento político global de entonces tendría ahora. No negaré que me tienta, pero no es sobre eso sobre lo que me pide el cuerpo escribir.
Me pide hacerlo sobre la nota, y no menos sobre el continente que sobre el contenido. Este último es, como suele serlo viniendo de esta dama, un primor de sencillez y de cariño emocionado. Dice en ella que topándose con este librito en la estantería de un gran almacén del ocio, pensó automáticamente en mí (tal y como le ocurrió con otros dos libros, que le hicieron acordarse de otros dos viejos amigos comunes), y llevada por el impulso, los compró y nos los envía ahora.
Éste es el contenido, y es encantador. Hace que se sienta uno querido y recordado al tiempo, cosas ambas no muy frecuentes en los tiempos que corren. Ver una cosa y pensar en alguien significa que ese alguien tiene realmente su huequito en tu mente.
El continente es una tarjeta en A6, impresa en una agradable cartulina offset de 300 grs. color marfil ribeteada con un sencillo y elegante filete color morado. La tarjeta venía en un sobre ad hoc tipo Galgo de alto gramaje y color a juego con la tarjeta.. Un sobre de calidad pero sin estridencias.
Estoy convencido de que habrá muchos que pensarán: "¡qué pedante, la Condesa. Eso ya no se lleva!"
Pues precisamente.
El esmero y cariño (de nuevo, el cariño) con que la señora Condesa trata lo que hace, lo que envía, lo que regala, le da más valor a lo hecho, a lo enviado y a lo regalado. No es que me vaya a parecer mal que alguien me regale este mismo libro en pdf y enviado por correo electrónico. Lo agradeceré mucho también, no les quepa duda. Pero quien lo envía así es porque previamente, con total intencionalidad, ha comprado una cartulina determinada y unos sobres a juego para poder después hacer un regalo acompañándolo de esta pequeña joya. Para mí, es un regalo en sí mismo, de muy alto valor.
Mis emocionados respetos, Condesa. Sepa usted que si ya tenía un hueco en mi corazón, es ahora dueña de un espacio ampliado en el mismo.
Quienes me conocen podrán pensar que el primer regalo me alienta a escribir sobre Trotsky, su personalidad política y su legado, así como sobre las curiosas actualidades y conveniencias que una importante parte de su posicionamiento político global de entonces tendría ahora. No negaré que me tienta, pero no es sobre eso sobre lo que me pide el cuerpo escribir.
Me pide hacerlo sobre la nota, y no menos sobre el continente que sobre el contenido. Este último es, como suele serlo viniendo de esta dama, un primor de sencillez y de cariño emocionado. Dice en ella que topándose con este librito en la estantería de un gran almacén del ocio, pensó automáticamente en mí (tal y como le ocurrió con otros dos libros, que le hicieron acordarse de otros dos viejos amigos comunes), y llevada por el impulso, los compró y nos los envía ahora.
Éste es el contenido, y es encantador. Hace que se sienta uno querido y recordado al tiempo, cosas ambas no muy frecuentes en los tiempos que corren. Ver una cosa y pensar en alguien significa que ese alguien tiene realmente su huequito en tu mente.
El continente es una tarjeta en A6, impresa en una agradable cartulina offset de 300 grs. color marfil ribeteada con un sencillo y elegante filete color morado. La tarjeta venía en un sobre ad hoc tipo Galgo de alto gramaje y color a juego con la tarjeta.. Un sobre de calidad pero sin estridencias.
Estoy convencido de que habrá muchos que pensarán: "¡qué pedante, la Condesa. Eso ya no se lleva!"
Pues precisamente.
El esmero y cariño (de nuevo, el cariño) con que la señora Condesa trata lo que hace, lo que envía, lo que regala, le da más valor a lo hecho, a lo enviado y a lo regalado. No es que me vaya a parecer mal que alguien me regale este mismo libro en pdf y enviado por correo electrónico. Lo agradeceré mucho también, no les quepa duda. Pero quien lo envía así es porque previamente, con total intencionalidad, ha comprado una cartulina determinada y unos sobres a juego para poder después hacer un regalo acompañándolo de esta pequeña joya. Para mí, es un regalo en sí mismo, de muy alto valor.
Mis emocionados respetos, Condesa. Sepa usted que si ya tenía un hueco en mi corazón, es ahora dueña de un espacio ampliado en el mismo.
miércoles, 16 de enero de 2013
Respeto debido
Un fotógrafo amigo que colabora con muchísima frecuencia conmigo (se podría decir que a diario) me contaba esta tarde la conversación que tuvo con alguien acerca de unas fotos que estuvo haciendo recientemente en la entrega de unos premios deportivos madrileños. El fotógrafo estaba en esa entrega de premios por razones profesionales y una de las personas premiadas le pidió algunas de las fotos hechas. Mi amigo le explicó que tenía que cobrarle las fotos que pidiera, aunque fuese a un precio reducido, cosa que a la premiada en cuestión, al parecer, no le sentó nada bien, aunque no dijo que no las quería.
El fotógrafo envió las fotos por correo electrónico a través de una tercera persona que conocía a la premiada y después pasaron los días y las semanas sin que tuviera noticia alguna de nadie. Esta misma tarde llamó a la persona a quien había enviado las fotos y, para su sorpresa, ésta le contó, resumiendo mucho, que la persona premiada se había sentido bastante molesta porque le quisieran cobrar las fotos y que no las quería. Lo que a mi amigo le dolió más fue la actitud que notó en esa persona intermediaria. Una actitud de comprensión hacia la molestia de la premiada y de una cierta reconvención hacia el profesional por querer cobrar esas fotos.
Cuando me lo ha contado se me han disparado las alarmas. Todas las personas implicadas en ese caso son, que yo sepa, gente que probablemente podría definirse como de izquierda o progresista (a excepción de la persona premiada, a quien no conozco personalmente). Eso para mí significa que, como mínimo, deben estar ahora mismo defendiendo la dignidad de las y los trabajadores de la sanidad o de la educación pública. Desde ese prisma, que yo también defiendo, me resulta incomprensible que se molesten porque alguien que está trabajando les diga que quiere recibir un pago a cambio de ese trabajo.
No sé qué tendrán ciertas profesiones para que una increíble mayoría de personas las tome poco menos que a risa. Como explica mi amigo el fotógrafo, ninguna de esas personas que se escandalizan cuando él pretende cobrar las fotos que hace, discutiría en la panadería el derecho del panadero a cobrar por la barra de pan que el cliente se lleva. Tampoco se discute la necesidad de pagar para entrar al cine o el precio de una consumición en el bar o el restaurante. Por no discutir, no discutimos el más que dudoso derecho de los bancos o las compañías de telefonía a cobrarnos lo que nos cobran por sus servicios.
Sin embargo, el tiempo que una persona utiliza para realizar un diseño en un ordenador, pongo por caso, así como la inversión necesaria en formación y en máquinas para poder realizar profesionalmente el trabajo, eso sí se discute. Alguien te llega con un folleto realizado por él en un programa que no está capacitado para realizarlo profesionalmente y pretende que tú arregles los múltiples desaguisados que allí se observan... pero que lo hagas gratis.
Con las fotos pasa lo mismo. Mi amigo lleva gastados en torno a 7.000 u 8.000 euros en equipo y se desplaza a sitios a veces lejanos de su casa (como, casualmente, era el caso), con el gasto de tiempo y combustible que eso lleva consigo. Pero, por alguna misteriosa razón, la mayoría de la gente (no toda, afortunadamente) cree que eso no importa y que él debe regalar las fotos que ha hecho.
¿Por qué?
Puedo entender que a alguien que está allí haciendo fotos con su móvil se le pida el favor de que regale algunas de las que ha hecho. Es obvio que no está allí profesionalmente, ni las fotos que haga con el teléfono pueden ser calificadas de profesionales, por lo que malamente podría reclamar un pago por ellas. Pero hay una gran diferencia entre las fotos que suele hacer la gente con un móvil y las que hace mi amigo. La diferencia está en el equipo, claro, pero también en la experiencia y el saber hacer del profesional. ¿Eso no merece el respeto de pagar por su trabajo, si es que uno quiere beneficiarse de él?
Yo pediría a quienes adoptan esa actitud molesta cuando en una circunstancia así se les pide que paguen algo por una foto, que reflexionen acerca del respeto debido a todo aquel que está trabajando. Si esa persona, por razones personales, quiere hacer un regalo de su trabajo a alguien, bien recibido sea y agradézcase en consonancia. Si no, tengamos todos el respeto y la educación de estar dispuestos a pagar lo razonable por ello.
El fotógrafo envió las fotos por correo electrónico a través de una tercera persona que conocía a la premiada y después pasaron los días y las semanas sin que tuviera noticia alguna de nadie. Esta misma tarde llamó a la persona a quien había enviado las fotos y, para su sorpresa, ésta le contó, resumiendo mucho, que la persona premiada se había sentido bastante molesta porque le quisieran cobrar las fotos y que no las quería. Lo que a mi amigo le dolió más fue la actitud que notó en esa persona intermediaria. Una actitud de comprensión hacia la molestia de la premiada y de una cierta reconvención hacia el profesional por querer cobrar esas fotos.
Cuando me lo ha contado se me han disparado las alarmas. Todas las personas implicadas en ese caso son, que yo sepa, gente que probablemente podría definirse como de izquierda o progresista (a excepción de la persona premiada, a quien no conozco personalmente). Eso para mí significa que, como mínimo, deben estar ahora mismo defendiendo la dignidad de las y los trabajadores de la sanidad o de la educación pública. Desde ese prisma, que yo también defiendo, me resulta incomprensible que se molesten porque alguien que está trabajando les diga que quiere recibir un pago a cambio de ese trabajo.
No sé qué tendrán ciertas profesiones para que una increíble mayoría de personas las tome poco menos que a risa. Como explica mi amigo el fotógrafo, ninguna de esas personas que se escandalizan cuando él pretende cobrar las fotos que hace, discutiría en la panadería el derecho del panadero a cobrar por la barra de pan que el cliente se lleva. Tampoco se discute la necesidad de pagar para entrar al cine o el precio de una consumición en el bar o el restaurante. Por no discutir, no discutimos el más que dudoso derecho de los bancos o las compañías de telefonía a cobrarnos lo que nos cobran por sus servicios.
Sin embargo, el tiempo que una persona utiliza para realizar un diseño en un ordenador, pongo por caso, así como la inversión necesaria en formación y en máquinas para poder realizar profesionalmente el trabajo, eso sí se discute. Alguien te llega con un folleto realizado por él en un programa que no está capacitado para realizarlo profesionalmente y pretende que tú arregles los múltiples desaguisados que allí se observan... pero que lo hagas gratis.
Con las fotos pasa lo mismo. Mi amigo lleva gastados en torno a 7.000 u 8.000 euros en equipo y se desplaza a sitios a veces lejanos de su casa (como, casualmente, era el caso), con el gasto de tiempo y combustible que eso lleva consigo. Pero, por alguna misteriosa razón, la mayoría de la gente (no toda, afortunadamente) cree que eso no importa y que él debe regalar las fotos que ha hecho.
¿Por qué?
Puedo entender que a alguien que está allí haciendo fotos con su móvil se le pida el favor de que regale algunas de las que ha hecho. Es obvio que no está allí profesionalmente, ni las fotos que haga con el teléfono pueden ser calificadas de profesionales, por lo que malamente podría reclamar un pago por ellas. Pero hay una gran diferencia entre las fotos que suele hacer la gente con un móvil y las que hace mi amigo. La diferencia está en el equipo, claro, pero también en la experiencia y el saber hacer del profesional. ¿Eso no merece el respeto de pagar por su trabajo, si es que uno quiere beneficiarse de él?
Yo pediría a quienes adoptan esa actitud molesta cuando en una circunstancia así se les pide que paguen algo por una foto, que reflexionen acerca del respeto debido a todo aquel que está trabajando. Si esa persona, por razones personales, quiere hacer un regalo de su trabajo a alguien, bien recibido sea y agradézcase en consonancia. Si no, tengamos todos el respeto y la educación de estar dispuestos a pagar lo razonable por ello.
miércoles, 9 de enero de 2013
El esbirro ilustrado
Se entiende por esbirro, en la plena y formal acepción de la palabra, una persona que realiza, pagado por otra, acciones violentas indicadas por aquél o aquélla. Haciendo extensivo su uso razonablemente, hemos llegado a utilizar el término para designar a quien, más allá del carácter exactamente violento de la acción cometida, mantiene la circunstancia de actuar por encargo y de que su acción implique menoscabo o quebranto para terceros.
Esbirros famosos han sido, en la literatura y el cine, el Sheriff de Nottingham, que persigue no sólo a Robin Hood, sino a los pobres aldeanos que apoyan al héroe-bandido, y los deja sin hogar y sin pertenencias. Esbirro es, aunque digno de lástima, el personaje encarnado por el sin par Pepe Isbert en "El Verdugo", de Luis García Berlanga, como también es aspirante a esbirro el personaje de su yerno en el film. Esbirro es el alguacil que en "El hombre de La Mancha" busca, encuentra y detiene a Cervantes/Don Quijote en mitad de su representación callejera. Y esbirros son quienes llevan a la hoguera a los monjes espirituales, culpables de racionalidad sin saberlo, en "El nombre de la Rosa".
Fuera de la literatura y dentro de la vida, esbirros eran los de la Inquisición real, tantos siglos en activo y hasta ahora mismo. Esbirros, sin duda, fueron todos y cada uno de los soldados y miembros de distintos cuerpos de la mal llamada seguridad del III Reich y de la Policía de Beria. Esbirros son los soldados y generales que, por todo el mundo, actúan bajo el supuesto amparo de la obediencia debida, a cambio de un sueldo, magnífico en unos casos y magro en otros.
Aquí mismo, hoy en día, tenemos esbirros, claro está. Suelen aparecer uniformados en las manifestaciones últimamente, y descargan los porrazos y los hematomas a tantos euros el golpe. La gente, en general, tiene una imagen no ya pobre, sino directamente lamentable de la condición humana de estos esbirros. Se les asimila a seres tremendamente ignorantes y propensos a seguir siéndolo por voluntad, y no sólo por circunstancias.
Pero hay uno que no cumple con estas normas. El otro día denunció a una persona por haber utilizado el nombre y los argumentos de Gramsci en una red social. Si bien Don Antonio no era un hombre especialmente violento ni inclinado a la revolución armada en según qué sitios y tiempos, lo cierto es que muchos de sus escritos han estado en la base de grandes reflexiones revolucionarias de los últimos cincuenta años.
Es por eso que el esbirro que hizo la denuncia no andaba descaminado al pretender ganar su paga gracias a la misma. Si le encargaron, como es seguro, perseguir y señalar a quienes puedan suponer un peligro para este sistema, cumplió su cometido. Pero, parafraseando a Quevedo, hay que decir en su descargo que en esbirro se ha convertido, mas en esbirro ilustrado.
Esbirros famosos han sido, en la literatura y el cine, el Sheriff de Nottingham, que persigue no sólo a Robin Hood, sino a los pobres aldeanos que apoyan al héroe-bandido, y los deja sin hogar y sin pertenencias. Esbirro es, aunque digno de lástima, el personaje encarnado por el sin par Pepe Isbert en "El Verdugo", de Luis García Berlanga, como también es aspirante a esbirro el personaje de su yerno en el film. Esbirro es el alguacil que en "El hombre de La Mancha" busca, encuentra y detiene a Cervantes/Don Quijote en mitad de su representación callejera. Y esbirros son quienes llevan a la hoguera a los monjes espirituales, culpables de racionalidad sin saberlo, en "El nombre de la Rosa".
Fuera de la literatura y dentro de la vida, esbirros eran los de la Inquisición real, tantos siglos en activo y hasta ahora mismo. Esbirros, sin duda, fueron todos y cada uno de los soldados y miembros de distintos cuerpos de la mal llamada seguridad del III Reich y de la Policía de Beria. Esbirros son los soldados y generales que, por todo el mundo, actúan bajo el supuesto amparo de la obediencia debida, a cambio de un sueldo, magnífico en unos casos y magro en otros.
Aquí mismo, hoy en día, tenemos esbirros, claro está. Suelen aparecer uniformados en las manifestaciones últimamente, y descargan los porrazos y los hematomas a tantos euros el golpe. La gente, en general, tiene una imagen no ya pobre, sino directamente lamentable de la condición humana de estos esbirros. Se les asimila a seres tremendamente ignorantes y propensos a seguir siéndolo por voluntad, y no sólo por circunstancias.
Pero hay uno que no cumple con estas normas. El otro día denunció a una persona por haber utilizado el nombre y los argumentos de Gramsci en una red social. Si bien Don Antonio no era un hombre especialmente violento ni inclinado a la revolución armada en según qué sitios y tiempos, lo cierto es que muchos de sus escritos han estado en la base de grandes reflexiones revolucionarias de los últimos cincuenta años.
Es por eso que el esbirro que hizo la denuncia no andaba descaminado al pretender ganar su paga gracias a la misma. Si le encargaron, como es seguro, perseguir y señalar a quienes puedan suponer un peligro para este sistema, cumplió su cometido. Pero, parafraseando a Quevedo, hay que decir en su descargo que en esbirro se ha convertido, mas en esbirro ilustrado.
martes, 1 de enero de 2013
Deseos de principio de año
Para este nuevo año y para los siguientes, tengo un deseo que atañe sólo a mi hijo. Deseo que se convierta en una buena persona capaz de encontrar medios honestos con los que vivir dignamente. Que no se aproveche de los demás y que ponga de su parte todo lo que razonablemente pueda para impedir la injusticia y restituirla allá donde se haya visto apartada. Que conserve el carácter alegre y la chispa cariñosa que observo en él. Y que sea un manitas y sepa arreglar tanto grifos como enchufes.
Hasta aquí supongo que no existen deseos más normales. Hay algunos otros que quizás no lo sean tanto. Deseo que no pierda aquellos rasgos de su carácter habitualmente considerados negativos pero que no hacen de él una mala persona, sino, como mucho, una persona difícil. No quiero que se convierta en un santo ni en un perrito faldero. No quiero que deje de ser terco y un poco egoísta. No quiero que deje de ser un poco cruel a veces.
Tremendos deseos para un hijo, seguramente. Lo razonaré para ver si entienden por qué los expongo aquí.
Quien más y quien menos hemos dicho alguna vez en nuestra vida que las cosas no son totalmente blancas ni negras, que el peor criminal tiene su momento y su lado buenos y que el más reconocido santo habrá cometido también sus pecados. Pero una cosa es reconocerlo y otra muy distinta, querer que siga siendo sí.
Por mi parte, no deseo que los criminales (para seguir con el ejemplo mencionado) sigan siéndolo, y mucho menos que mi hijo sea uno de ellos. Sin embargo, sí me doy cuenta de que, de manera inexplicable para mí, una buena persona, lo que yo considero como una buena persona, está compuesta por rasgos positivos y negativos, y los primeros no se explican sin los segundos. Por ejemplo, alguien que demuestra su egoísmo de manera incluso un poco ruin pero bastante tonta, comiéndose más filetes de los que le tocan en la comida, por ejemplo, seguramente está usando, sin saberlo, la calidad de ese rasgo negativo para evitar el florecimiento de otro de peor calado.
Como todos reconocemos a menudo, no creo que existan los santos. El problema es que la sociedad y los individuos de la misma, al menos en la cultura occidental que conozco, no extraen de ello las debidas conclusiones y pretenden borrar sistemáticamente los rasgos negativos de la conducta humana. El resultado es ese mundo políticamente correcto en el que se busca que la fachada esté impoluta, aunque la trastienda apeste. Y, desgraciadamente, la trastienda apesta.
Por eso deseo que mi hijo siga teniendo aquellos lados malos, pero no determinantes, de su conducta. Quizás con ello consiga que sea en todo lo demás, esa buena persona de la que hablaba al principio.
Y a todas y todos ustedes les deseo lo mismo.
Feliz año.
Hasta aquí supongo que no existen deseos más normales. Hay algunos otros que quizás no lo sean tanto. Deseo que no pierda aquellos rasgos de su carácter habitualmente considerados negativos pero que no hacen de él una mala persona, sino, como mucho, una persona difícil. No quiero que se convierta en un santo ni en un perrito faldero. No quiero que deje de ser terco y un poco egoísta. No quiero que deje de ser un poco cruel a veces.
Tremendos deseos para un hijo, seguramente. Lo razonaré para ver si entienden por qué los expongo aquí.
Quien más y quien menos hemos dicho alguna vez en nuestra vida que las cosas no son totalmente blancas ni negras, que el peor criminal tiene su momento y su lado buenos y que el más reconocido santo habrá cometido también sus pecados. Pero una cosa es reconocerlo y otra muy distinta, querer que siga siendo sí.
Por mi parte, no deseo que los criminales (para seguir con el ejemplo mencionado) sigan siéndolo, y mucho menos que mi hijo sea uno de ellos. Sin embargo, sí me doy cuenta de que, de manera inexplicable para mí, una buena persona, lo que yo considero como una buena persona, está compuesta por rasgos positivos y negativos, y los primeros no se explican sin los segundos. Por ejemplo, alguien que demuestra su egoísmo de manera incluso un poco ruin pero bastante tonta, comiéndose más filetes de los que le tocan en la comida, por ejemplo, seguramente está usando, sin saberlo, la calidad de ese rasgo negativo para evitar el florecimiento de otro de peor calado.
Como todos reconocemos a menudo, no creo que existan los santos. El problema es que la sociedad y los individuos de la misma, al menos en la cultura occidental que conozco, no extraen de ello las debidas conclusiones y pretenden borrar sistemáticamente los rasgos negativos de la conducta humana. El resultado es ese mundo políticamente correcto en el que se busca que la fachada esté impoluta, aunque la trastienda apeste. Y, desgraciadamente, la trastienda apesta.
Por eso deseo que mi hijo siga teniendo aquellos lados malos, pero no determinantes, de su conducta. Quizás con ello consiga que sea en todo lo demás, esa buena persona de la que hablaba al principio.
Y a todas y todos ustedes les deseo lo mismo.
Feliz año.
lunes, 31 de diciembre de 2012
Deudas
Valgan estas líneas para que mañana, fin de año, puedan ser leídas sin tener que escribirlas en medio de la vorágine en que involuntariamente nos vemos todas y todos metidos, sin desearlo pero sin poderlo evitar. Vaya por delante que soy consciente de la inutilidad de renegar de un año pésimo, sin duda el peor de mi vida, cuando a la vuelta nos prometen interesadamente otro año aún peor.
No sé si los próximos 30 ó 31 de diciembre, los del año 2013, tendré casa en la que escribir líneas similares a éstas, o si podré pagarme una línea telefónica, aunque espero no tener que vender el ordenador. No sé si tendré que haber pactado un nuevo régimen de custodia de mi hijo, por imposibilidad de alojarle decentemente. No sé si habré podido conservar el magro ingreso por un trabajo que día a día veo irse a pique (salvo esa revista que me da las pocas alegrías profesionales que tengo). Desconozco lo que podré hacer con mi padre, de 90 años, si debo buscarme la vida de manera más cruda que la que ahora tengo.
Esta falta absoluta de capacidad para imaginar no ya un futuro, sino casi un presente, se la debo a mucha gente. Se la debo, sin duda alguna, a la conjura de quizás treinta o cuarenta mil personas en este país, más un número indeterminado en otros, que forman el ejército de los devastadores sociales. Los que arrasan con el planeta, con las ciudades, con la historia y con el futuro; con los árboles del parque y los gorriones del aire. Los que venden (no uso el condicional, sino el sólido presente de indicativo) a su madre y, cómo no, a las madres de los demás para sacar sólo un uno por ciento más de beneficio.
Se lo debo a ellos, pero también a quienes les miran con bovina indiferencia, sabedores de que les engañan, les mienten y les roban, pero incapaces de construir un discurso básico (un ¡no!, por ejemplo) ante la pamema argumental de Gobierno y beneficiarios de la crisis en general.
Se lo debo también a quienes llevan en este país cerca de cuarenta años haciendo de la oposición política una profesión a menudo lucrativa y, en otras ocasiones, simplemente eso, algo profesional.
Se lo debo a quienes aseguran defender la memoria histórica, pero hacen cada día un inexplicable ejercicio de olvido repitiendo todos y cada uno de los errores de quienes intentamos cambiar la sociedad antes que ellos, y además expulsan de sus filas y reuniones a quienes llevan en la piel la marca de la militancia política. Y lo hacen con esa soberbia que sólo es admisible en quienes llevan en su mano la solución a todos los problemas, y no en quienes sólo saben pedir (aunque sea a gritos) y hacerse preguntas, que es lo que durante siglos hemos alcanzado a hacer todos los que no sabíamos hacer más.
Y por último, me lo debo a mí mismo, claro está, ex-miembro de una izquierda que fue honesta pero incapaz, y que hoy, lejos ya de poderme llamar militante, ni siquiera puedo ostentar el título de activista.
Muchas deudas, como puedes ustedes ver, se han creado en este tiempo. No sé si podré pagarlas antes de terminar el año.
Feliz 2013.
No sé si los próximos 30 ó 31 de diciembre, los del año 2013, tendré casa en la que escribir líneas similares a éstas, o si podré pagarme una línea telefónica, aunque espero no tener que vender el ordenador. No sé si tendré que haber pactado un nuevo régimen de custodia de mi hijo, por imposibilidad de alojarle decentemente. No sé si habré podido conservar el magro ingreso por un trabajo que día a día veo irse a pique (salvo esa revista que me da las pocas alegrías profesionales que tengo). Desconozco lo que podré hacer con mi padre, de 90 años, si debo buscarme la vida de manera más cruda que la que ahora tengo.
Esta falta absoluta de capacidad para imaginar no ya un futuro, sino casi un presente, se la debo a mucha gente. Se la debo, sin duda alguna, a la conjura de quizás treinta o cuarenta mil personas en este país, más un número indeterminado en otros, que forman el ejército de los devastadores sociales. Los que arrasan con el planeta, con las ciudades, con la historia y con el futuro; con los árboles del parque y los gorriones del aire. Los que venden (no uso el condicional, sino el sólido presente de indicativo) a su madre y, cómo no, a las madres de los demás para sacar sólo un uno por ciento más de beneficio.
Se lo debo a ellos, pero también a quienes les miran con bovina indiferencia, sabedores de que les engañan, les mienten y les roban, pero incapaces de construir un discurso básico (un ¡no!, por ejemplo) ante la pamema argumental de Gobierno y beneficiarios de la crisis en general.
Se lo debo también a quienes llevan en este país cerca de cuarenta años haciendo de la oposición política una profesión a menudo lucrativa y, en otras ocasiones, simplemente eso, algo profesional.
Se lo debo a quienes aseguran defender la memoria histórica, pero hacen cada día un inexplicable ejercicio de olvido repitiendo todos y cada uno de los errores de quienes intentamos cambiar la sociedad antes que ellos, y además expulsan de sus filas y reuniones a quienes llevan en la piel la marca de la militancia política. Y lo hacen con esa soberbia que sólo es admisible en quienes llevan en su mano la solución a todos los problemas, y no en quienes sólo saben pedir (aunque sea a gritos) y hacerse preguntas, que es lo que durante siglos hemos alcanzado a hacer todos los que no sabíamos hacer más.
Y por último, me lo debo a mí mismo, claro está, ex-miembro de una izquierda que fue honesta pero incapaz, y que hoy, lejos ya de poderme llamar militante, ni siquiera puedo ostentar el título de activista.
Muchas deudas, como puedes ustedes ver, se han creado en este tiempo. No sé si podré pagarlas antes de terminar el año.
Feliz 2013.
viernes, 2 de noviembre de 2012
Mi querida Emmanuelle
Para mi sorpresa, el fallecimiento de Silvia Kristel, la Emmanuelle de las películas eróticas de los años 70, me ha sumido en un miasma de melancolía. Nada me unía con la Kristel, una actriz olvidable en tanto que tal y ni siquiera un cuerpo espectacular que uno pudiese recordar de entre otros centenares o miles de cuerpos espectaculares. Pero el recuerdo del personaje y de lo que éste provocó en la España de mi adolescencia, eso sí me pone melancólico.
La serie de películas de Emmanuelle, a cada cual peor cinematográficamente, respondían, en su clamoroso aunque un poco vergonzante éxito, a los fantasmas acumulados durante décadas. Unos fantasmas, diría yo, heredados de generaciones anteriores y que nos convertían inevitablemente en seres un tanto babosos que, como tal, babeaban en torno a las revistas eróticas (sucedáneo del porno que nos habría gustado ver) y, a partir de que se empezó a relajar la censura franquista, en torno a las películas donde se veía "chicha".
Los fantasmas se heredaban, pues, como se heredaba el hambre, o la ropa, los libros y los juguetes de los hermanos mayores. Y Silvia Kristel rompió el fuego en un momento clave en el que ya se barruntaba que se terminaba una época de herencias rancias, pero no temíamos claro hasta dónde nos permitiría llegar aquella otra que comenzaba.
Y fue ahí, en esa tierra de nadie histórica, donde se fraguó la ingenuidad sexual de una generación que vivía entre la atormentada necesidad de sacar fuera las hormonas, y el perverso yugo social que aún nos encorsetaba, bien dentro del estrecho catolicismo español, bien dentro del miedo de la izquierda a no ser suficientemente de izquierda.
Como no soy psicólogo ni psicoanalista, ni siquiera soy argentino, renuncio a considerar con qué tiene exactamente relación esta melancolía que me invade tras la muerte de Silvia Kristel. Sin embargo, si yo fuera ustedes y me importara algo todo esto, apostaría por la muerte de Emmanuelle, y no de Silvia Kristel, como desencadenante de la morriña.
La serie de películas de Emmanuelle, a cada cual peor cinematográficamente, respondían, en su clamoroso aunque un poco vergonzante éxito, a los fantasmas acumulados durante décadas. Unos fantasmas, diría yo, heredados de generaciones anteriores y que nos convertían inevitablemente en seres un tanto babosos que, como tal, babeaban en torno a las revistas eróticas (sucedáneo del porno que nos habría gustado ver) y, a partir de que se empezó a relajar la censura franquista, en torno a las películas donde se veía "chicha".
Los fantasmas se heredaban, pues, como se heredaba el hambre, o la ropa, los libros y los juguetes de los hermanos mayores. Y Silvia Kristel rompió el fuego en un momento clave en el que ya se barruntaba que se terminaba una época de herencias rancias, pero no temíamos claro hasta dónde nos permitiría llegar aquella otra que comenzaba.
Y fue ahí, en esa tierra de nadie histórica, donde se fraguó la ingenuidad sexual de una generación que vivía entre la atormentada necesidad de sacar fuera las hormonas, y el perverso yugo social que aún nos encorsetaba, bien dentro del estrecho catolicismo español, bien dentro del miedo de la izquierda a no ser suficientemente de izquierda.
Como no soy psicólogo ni psicoanalista, ni siquiera soy argentino, renuncio a considerar con qué tiene exactamente relación esta melancolía que me invade tras la muerte de Silvia Kristel. Sin embargo, si yo fuera ustedes y me importara algo todo esto, apostaría por la muerte de Emmanuelle, y no de Silvia Kristel, como desencadenante de la morriña.
martes, 16 de octubre de 2012
Austeritat, no austeridad, si us plau
Las naciones vienen y van, existen más y menos (a ratos, podríamos decir) a lo largo de la Historia. La gente que ocupa un determinado territorio en un determinado momento se siente de una determinada forma, siempre condicionados por su historia, pero también por su presente y por la percepción que tienen de su futuro. En lo que respecta a la conciencia nacional, es un factor que suele permanecer a lo largo del tiempo con terca insistencia, pero no siempre se expresa, ni mucho menos, como un deseo intenso e inmediato de independencia.
Hasta el pasado mes de junio, por ejemplo, la mayoría de la población catalana en Catalunya tenía, seguramente, un elevado grado de conciencia nacional, es decir, de conciencia de formar parte de una nación distinta de la corsa o de la bretona, no digamos de la española. Pero también la inmensa mayoría no tenía la independencia entre sus expectativas inmediatas, ni siquiera entre las probables a medio o largo plazo.
Hoy, en cambio, a diferencia de entonces y a diferencia de hace unos meses, sí lo hacen. ¿Qué ha ocurrido en este tiempo, qué ha cambiado? Ha ocurrido la constatación de que el Estado español no es ya el marco útil en el que seguir desarrollando una legítima bonanza económica. El Estado español está muy cerca de la quiebra, y CiU no quiere estar en el barco cuando éste se hunda. Bueno, no puedo reprochárselo: yo tampoco quiero.
Desde hace décadas vengo defendiendo el legítimo derecho de los pueblos a su autodeterminación. Esto significa su derecho a tomar ellos solos la decisión de dotarse de los mecanismos de autogobierno que consideren necesarios, sean éstos los naturales en un Estado federal o confederal, por ejemplo, o sean aquéllos que implican la decisión de abandonar un Estado constituyendo otro distinto y propio. Hoy, que a las razones de índole cultural, histórica y política se añaden las de índole económica, con más razón entiendo y defiendo ese derecho a la autodeterminación.
Con las mismas, diré que la independencia como forma de pagar menos impuestos, o que los que se paguen sirvan exclusivamente para dar una buena vida a los contribuyentes que los pagan, es una grosera manipulación de la realidad. Una Catalunya independiente gobernada por CiU o por el PSC sería una Catalunya abocada a la austeritat, en lugar de a la austeridad. Pero, claro, todo el mundo tiene derecho a gustar más de que le engañen en su idioma.
Hasta el pasado mes de junio, por ejemplo, la mayoría de la población catalana en Catalunya tenía, seguramente, un elevado grado de conciencia nacional, es decir, de conciencia de formar parte de una nación distinta de la corsa o de la bretona, no digamos de la española. Pero también la inmensa mayoría no tenía la independencia entre sus expectativas inmediatas, ni siquiera entre las probables a medio o largo plazo.
Hoy, en cambio, a diferencia de entonces y a diferencia de hace unos meses, sí lo hacen. ¿Qué ha ocurrido en este tiempo, qué ha cambiado? Ha ocurrido la constatación de que el Estado español no es ya el marco útil en el que seguir desarrollando una legítima bonanza económica. El Estado español está muy cerca de la quiebra, y CiU no quiere estar en el barco cuando éste se hunda. Bueno, no puedo reprochárselo: yo tampoco quiero.
Desde hace décadas vengo defendiendo el legítimo derecho de los pueblos a su autodeterminación. Esto significa su derecho a tomar ellos solos la decisión de dotarse de los mecanismos de autogobierno que consideren necesarios, sean éstos los naturales en un Estado federal o confederal, por ejemplo, o sean aquéllos que implican la decisión de abandonar un Estado constituyendo otro distinto y propio. Hoy, que a las razones de índole cultural, histórica y política se añaden las de índole económica, con más razón entiendo y defiendo ese derecho a la autodeterminación.
Con las mismas, diré que la independencia como forma de pagar menos impuestos, o que los que se paguen sirvan exclusivamente para dar una buena vida a los contribuyentes que los pagan, es una grosera manipulación de la realidad. Una Catalunya independiente gobernada por CiU o por el PSC sería una Catalunya abocada a la austeritat, en lugar de a la austeridad. Pero, claro, todo el mundo tiene derecho a gustar más de que le engañen en su idioma.
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