Como todo en esta sociedad tan imbuida de aquel espíritu gimnástico franquista que obligaba a los muchachos a ponerse sanos haciendo gimnasia a toques de silbato (¡¡un, dos, un, dos..."), ahora les toca el turno a las bolsas de plástico de los supermercados, la nueva amenaza cuasi terrorista mundial que, sin que nos diéramos cuenta, llevaba décadas socavando la sociedad democrática occidental a golpe de plástico longlife.
Ocurrió con el tabaco, que de repente se convirtió en anatema y estigma odioso en la frente de los fumadores. En el mismísimo momento en que a los gobiernos de los países más desarrollados se les ocurrió que había que arremeter contra ello porque los males directamente derivados del consumo de tabaco estaban cargando demasiado las cuentas de la Seguridad Social, en ese momento cientos de miles de personas en todo el mundo rico se dieron cuenta, así, de pronto, de que fumar era algo intolerable, impresentable, indefendible, odioso y punible. Y empezaron a mirar mal al fumador que (es cierto) hasta unas semanas antes vivía feliz en su cárcel de humo, anquilosando cómodamente sus arterias y alimentando cuidadosamente su cáncer correspondiente. Nadie le había recriminado nada durante años, más allá de alguna leve reconvención ante un exceso notorio, y ahora, de repente, todos le miraban mal.
Con las bolsas de plástico pasará lo mismo. Las primeras entrevistas "a pie de caja" (con lo significativas que son y lo pedagógicas que resultan) ya nos desvelan la predisposición ovejuna de todo quisque para asumir que la bolsa de plástico es mala, muy mala, y habría que meterla en la cárcel. Entiéndanme, no es que no comprenda el inmenso atentado que el uso indiscriminado de estos objetos supone contra el medio ambiente. Más bien es que me repele la ligereza con la que admitimos lo primero que nos mandan desde las campañas gubernamentales y los medios de comunicación (en este caso es particularmente notable la santa alianza entre ambas instancias), sin buscarle (y, por tanto, sin encontrarle) el tercer pie al gato.
Y el tercer pie es el que se deja ver en esa cajera que, recitando correctamente su papel, le dice al cliente hermosamente atento al oráculo: "ésta de aquí [la de plástico normal] le cuesta ahora 5 céntimos; y esta otra [la reciclable], 50 céntimos". Es decir, que en algunos casos pretenden cobrarnos 50 céntimos por usar algo equivalente a otra cosa que antes nos salía gratis. Una vez más, el coste final de revertir una práctica perjudicial para el medio ambiente, se quiere echar sobre la espalda del ciudadano.
Estoy harto de que me empujen a aplaudir, por puro despecho, lo que sólo debería rechazar. Por ejemplo, el uso indiscriminado de bolsas contaminantes, de manera que el mundo se contamine más aún, la mierda llegue a las puertas de los chalés de La Moraleja y así, por fin, que los que tienen la pasta, se la gasten en solucionar los desaguisados.