A la guerra

Hace unos días, un contingente de policías de las UPR de Córdoba fue enviado a Catalunya. La despedida que se les organizó oficialmente, por parte de sus propios mandos inclusive, dice Interior que va a investigarla y pide que "no se repita", ya que en ella se dio una auténtica arenga de tintes obviamente guerreros.

Viendo el video en el que no se escucha la arenga, pero sí se puede palpar el clima imperante durante la salida de los policías, una cosa está clara: esos policías van a la guerra. Ellos lo creen así y quienes les despiden, obviamente, también. Las banderas, los saludos, las sonrisas triunfantes a priori y las fotos con un pie en el autobús, las hemos visto cientos de veces en el cine y en los documentales sobre aquellas guerras de los años 30 y 40 del pasado siglo. Entonces solían ser soldados sonrientes subiendo al tren o asomando medio cuerpo por la ventanilla con gesto triunfalista, besos lanzados al aire a las damas que les despedían en el andén.

Desde luego, van porque un Gobierno les envía. En ese sentido, habrá luego quien se remita a la famosa obediencia debida para justificar sus actos. Pero van también porque quieren ir, porque les gusta. Van porque se sienten satisfechos de que, por fin, un gobierno como debe ser le "eche cojones" y les mande a ellos para curarles la tontá a esos catalanes de mierda que llevan tocando las narices tantos años. Y del tirón, lo mismo se anima la cosa y se puede ir a Euskadi y sentar la mano un poquito a los vascos, que otros que tal, aunque ahora estén más callados.

El sentimiento triunfal y el matonismo con que estos policías actúan no es más que la consecuencia lógica de una cultura en la que sólo caben conceptos básicos, tales como la patria, la hombría o el honor. Por separado pueden resultar inocuos, pero uno junta esos tres conceptos y le sale un golpe de Estado y una guerra civil.

Y es curioso, porque se sienten muy hombres cuando van, amparados por su propia fuerza y por todo el aparato del Estado, a reprimir a gente civil que nada ha hecho para merecer esta guerra. Sólo ha pedido poder decir en voz alta (o en papeleta marcada con un sí o un no, que viene a ser lo mismo) lo que quieren. Es como ese ejército italiano en la Etiopía de los años 30, armado con modernos fusiles y ametralladoras y muy ufanos de poder extender el honor fascista a los pobres habitantes de un país sumamente atrasado y que poco tienen para oponer a sus armas.

Esta gentuza (la de entonces y la de ahora) nunca se atreve a exhibir su pretendido valor en condiciones adversas. Es más, incluso se han sentido generalmente incapaces de hacer ni decir nada incluso durante los cuarenta años de esta pseudodemocracia que tanto les ha mimado, que tanto les ha protegido el pasado y les ha forrado el riñón del presente. Necesitan la adormidera de una sociedad ajena a todo lo que no sea la compra en el outlet recién abierto, para sacar a relucir su fuerza. Se sienten valientes, pero tienen la valentía de boquilla del cobarde que sólo pelea si el adversario tiene los dos brazos atados a la espalda.

Pero, con todo y con eso, el caso es que estos nuevos legionarios van a la guerra. Y la guerra la ha declarado sin declararla un gobierno que se pasa por el forro esa misma constitución que dice defender a capa y espada. Sería posible, e incluso fácil, quitar de en medio a ese gobierno. Sólo habría que plantear una moción de censura y estar dispuesto a ganarla, cosa que los números en el Parlamento permiten hacer.

Quienes se niegan a ello son tan responsables de los actos de este gobierno, como los socialdemócratas y comunistas alemanes de los años 30 lo fueron del crecimiento del nazismo.

Volvemos a empezar.


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