La importancia de la velocidad en la acumulación de legitimidad política

Altamente inusual esto de escribir dos entradas en un mismo día en este blog. Sin embargo, no creo que deba ser pasado por alto un magnífico análisis de Raúl Camargo sobre Vistalegre 2 que leo hoy mismo.

Dice Camargo en su análisis que "Anticapitalistas puede felicitarse por una buena campaña, donde se ha demostrado espíritu de equipo, donde se ha respetado el contrario, y se ha sido leal al proyecto de Podemos y eso ha redundado en una “victoria moral” –como han señalado varios medios. Esta acumulación lenta de legitimidad sin duda será de máxima utilidad para lo que está por venir." Yo creo que en lo esencial las cosas han sido así en lo que a la posición de Podemos en movimiento y la forma de manejarla se refiere. Pero haría bien la corriente en plantearse (aunque probablemente ya lo ha hecho) un tema crucial: el de la velocidad.

Raúl reconoce explícitamente que esa acumulación de legitimidad es "lenta", pero cree que será de la máxima utilidad en el futuro inmediato. Yo, a la luz de la experiencia, creo que las velocidades lentas suelen facilitar una pérdida del objetivo. Simplemente porque cuando se quiere llegar a él, ha desaparecido. Ya es otro.

La izquierda radical en este país tuvo un momento de oro con ocasión de la larguísima campaña contra la entrada de España en la OTAN. El movimiento anti-OTAN supo mantener en jaque a dos gobiernos, uno de los cuales (el primero del PSOE) había sido arropado además por un aliento de esperanza sin precedentes en el Estado español desde 1939. Durante prácticamente cinco años, ese movimiento fue alentado por las organizaciones políticas y sociales más claramente adscribibles al ámbito de la izquierda radical (particularmente LCR y MC). Fue un movimiento del que nadie se planteó obtener una trascendencia política mediante una opción electoral. Se esperaba que el resquemor producido por la tramposa campaña realizada desde el gobierno y sus fuerzas más afines, produciría una acumulación de fuerza que podría ser llevada hacia el ámbito de la política-movilización, y que la opción electoral debía ser descartada porque no era lo que había estado en la base de la fuerza del movimiento pacifista y anti-OTAN.

El resultado fue un lento pero visible desgaste de esa supuesta acumulación de fuerza. En vez de mantenerse o incluso agrandarse, la acumulación se fue desinflando. La gente que se había dejado las pestañas durante aquellos años no vio una opción política clara, no vio una salida concreta. Y poco a poco fue abandonando los fuertes y castillos, que al final quedaron bastante desiertos durante una larga temporada. Casi se puede decir que el Estado español fue un erial político para la izquierda entre 1987 y 2011, con honrosas pero insuficientes excepciones en torno a temas puntuales (incluyendo la huelga general, el movimiento contra la guerra del Golfo y el surgido en torno al hundimiento del Prestige).

No me parece una locura comparar aquellos cinco años del movimiento pacifista, en lo que se refiere a capacidad de convocatoria y continuidad de la lucha, con el 15M. Seguramente menos extendido que este último, también menos transversal probablemente, fue sin embargo un movimiento de largo recorrido y que consiguió movilizar a millones de personas de forma muy continuada en todo el territorio del Estado. Se sucedieron manifestaciones de cientos de miles en las principales ciudades, pero también en lugares bastante pequeños. El tema interesó a la población en su conjunto. Se hablaba de la OTAN, de su naturaleza, de los pros y contras de entrar en ella. De los distintos argumentos. Se acumularon muchas cosas en aquellos años. Pero se tardó sólo uno (siendo generoso) en perderlo casi todo.

Hoy está Podemos, y eso marca una diferencia crucial con aquel momento. Pero también Podemos está sujeto a las leyes (si es que las hay) que marcan los cambios políticos. Lo que pase dentro de Podemos, y la velocidad a la que ocurra, no es indiferente. Más bien creo que será determinante.


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