jueves, 22 de septiembre de 2016

Una limpiadora de hotel dirigiendo Podemos

Escribe Raúl Camargo un artículo en la publicación 'Contexto y Acción' en el que plantea bastantes verdades y bastantes retos políticos interesantes. Sin embargo, yo me he detenido en una afirmación que supone una muy buena forma de plantear didácticamente la cuestión del poder. Y más en concreto, la cuestión del poder en Podemos. Dice Camargo en su artículo que "(...) por desgracia, a día de hoy, es muy difícil imaginar que una “kelly” [una limpiadora de hotel] pueda dirigir Podemos".

Yo querría decir que, en mi opinión, no sería a priori mejor ni peor que Podemos lo dirigiera una limpiadora de hotel o un doctor en Ciencias Políticas. La política (y con esto tomo en cierta medida partido, soy consciente de ello) no es sociología ni ingeniería. La política, para serlo de verdad y no renunciar a su objetivo teórico y honorable de conducir a la sociedad por el mejor camino posible de acuerdo a unos determinados principios éticos e ideológicos, debe ser necesariamente un arte, en el sentido de que en ella, en la política, hay muy pocas verdades y muy pocas certezas inamovibles; muy pocas reglas que se puedan compendiar en un manual que luego, a su vez, pueda ser llevado a la práctica al pie de la letra.

Lo que sí es necesario en política es poseer ciertos dones que tanto puede poseer la limpiadora como el doctor. El don de observar la realidad permanentemente para ser consciente de lo que ocurre; el don del aprendizaje para no repetir eternamente los mismos errores, propios o ajenos; el don de la humildad para no convertirse de político en diosecillo; el don de la comprensión para ser capaz de entender lo que dicen los demás y no anclarse en el sectarismo como recurso último.

Todos esos dones los puede atesorar cualquier tipo de persona. Hay otras cosas, evidentemente, que también juegan papeles importantes en política: el conocimiento de las leyes, de los reglamentos, del funcionamiento de la maquinaria del Estado, de la influencia de determinadas acciones (o inacciones) sobre el comportamiento de la gente... Pero esto se puede aprender, y lo puede aprender tanto la limpiadora como el doctor. El segundo probablemente tenga alguna ventaja en algunas de estas facetas, pero sin duda la limpiadora puede llegar a tenerla en otras.

La cuestión, pues, se reduce a escuchar lo que la limpiadora dice y lo que dice el doctor, sin prestar atención a si es una u otro quien lo dice. Escuchando, como si dijéramos, con los ojos cerrados para no ver una ropa, una cara, un aspecto, y sólo oír una frase, una propuesta, un análisis. Para no caer en la tentación de reconocer en la cara de la primera una ignorancia presupuesta y tantas veces falsa, ni en la cara del segundo una soberbia intelectual en muchos casos desmedida y carente de fundamento. O (no lo perdamos de vista) para no caer en la tentación contraria: presuponer a la limpiadora unas dotes ocultas que no tiene, ni al doctor una soberbia que no gasta.

Créanme si les digo que precisamente por todo lo anterior siempre he creído en el poder y la conveniencia de "los papeles". El papel, cuando es sólo papel sin adornos y sin logotipos, es como muy neutral: uno entrega a la impresora dos textos escritos con el mismo tipo y tamaño de letra y maquetados de la misma forma, y después de leerlos podrás saber cuál te parece bien, cuál te parece mal o cuál de los dos te parece mejor que el otro. Sin caras, sin gafas ni peinados de diseño, sin vaqueros de moda y también sin vestidos deshilachados que nada aportan a lo que de verdad importa.

Incluso sin historias. Porque la historia de cada cual no niego que ayuda a valorar a las personas, pero también es cierto que condiciona la valoración acerca de lo que cada cual va a saber y querer hacer. Y en política cuenta lo que se hizo, pero más aún lo que se va a hacer.