Un hombre antiguo

Dos meses me ha costado encontrar la manera de escribir sobre mi padre. Cuando falleció mi madre sólo me costó unos pocos días, lo cual es significativo. Para empezar, me he preguntado numerosas veces por qué no encontraba las palabras, a mí que tan poco me cuesta normalmente encontrarlas. Ayer, viendo un partido de fútbol, el pensamiento se me fue sin querer a Camilo, que tanto disfrutaba viendo partidos en la tele. Y una cosa llevó a la otra y fui saltando, como suele ocurrir, de idea en idea. Primero reflexioné que le gustaba ver partidos, pero verlos solo o con muy poca compañía. Eso me llevó a centrarme en esa soledad que fue compañera de su vida por partida doble.

Las condiciones especialmente difíciles de la gente que vivió la Guerra Civil española y su sangrienta posguerra se asemejan mucho, porque las calamidades extienden una pátina uniforme entre quienes las han sufrido. Pátina que ellos no notan y que los demás, sin embargo, vemos con espanto. Las anécdotas que mi padre me contaba de su niñez y juventud son las anécdotas comunes a infinidad de personas de su generación: el hambre, el abandono, la soledad, el hambre, la falta de cariño, la soledad, la pobreza, el hambre, la soledad... Claro, el hambre era un factor determinante, y sólo quienes no la hemos pasado podemos verlo con extrañeza. Pero el hambre configura a pueblos y generaciones y les dota de una cultura cuyos rasgos aún podemos observar en las abuelas y abuelos que, ya en muy poca cantidad, van quedando de la generación de 1920-1930. Son esos tics de guardar la comida que sobra, de cocinarla aprovechando al máximo lo que se tiene, de poner platos abundantes como muestra de hospitalidad. Incluso de ponérselos a las novias y novios de sus nietos de hoy, que probablemente verán con horror cómo les piden que se coman un plato bien colmado de judías con chorizo, ellos que miden la dieta calórica mediante el reloj inteligente de su muñeca.

Y junto al hambre, la soledad. Una soledad esencial, cultural, podríamos decir. Una soledad instalada en los hábitos de pasear solos, de fumar solos, de comer solos. De hablar solos, llegado el caso. Una soledad producto de que no haya ninguna legión de familiares ni, mucho menos, un Estado permanentemente atentos a las más leves necesidades teóricas de cada individuo. Estoy solo porque la vida es así, diría la gente de esa generación.

Al menos, sería lo que mi padre podría haber dicho si le hubieran preguntado. A los quince años se quedó solo en Madrid viviendo a salto de mata, porque su padre, el viudo Feliciano, se acababa de casar en segundas nupcias con una mujer, también viuda, que ya aportaba cuatro hijos al matrimonio, y que de lo poco que había para comer, la mayoría procuraba que fuese a la boca de sus hijos, quedando con poco reparto los otros cinco fruto del anterior matrimonio de mi abuelo. Y cuando este matrimonio decidió irse a Valencia ante la presión de las tropas franquistas sobre Madrid, mi padre decidió, a sus quince años, que él no se iba con "esa señora".

Y lo gordo es que el matrimonio se fue y aquí se quedó, solo, mi padre. Solo, aunque con la poca ayuda de un hermano mayor, se fue labrando la vida. Solo vivió su matrimonio, como hombre antiguo que era.

Un hombre antiguo. Una definición que mi amiga Inés hizo de los hombres de aquellas generaciones, y que me encantó por lo definitiva que resulta. Significa que se trata de hombres con grandes dificultades para expresar sentimientos, porque la expresión de los sentimientos no formaba parte de la cultura masculina de entonces. Los problemas se los traga uno solito y los amigos están bien para acompañar y prestar algo de dinero si es necesario y pueden, pero no para estar llorándoles en el hombro todo el rato.

Esos hombres antiguos son (eran) difíciles de tratar, porque el trato íntimo no iba con ellos. Mi padre era así, y más de una vez me han entrado ganas de mandarle a la mierda cuando le hacía alguna pregunta más o menos cortés y me respondía con una brusquedad que ya uno no está acostumbrado a encontrar. Apenas si se puede trabar conversación, porque el monosílabo es la respuesta más frecuente. Ni dan las gracias por casi nada, ni reparten lisonjas por lo bien hecha que está la comida.

En cambio, todo hay que decirlo, muchos fueron capaces de sobrevivir en un medio hostil, de labrarse esa vida de la que hablaba, de encontrar un trabajo, de ahorrar un dinero, de comprar una casa, de dar de comer a sus hijos, incluso de guardarles unos ahorros... Sí que dieron mucho, aunque siempre desde el silencio de su soledad esencial.

Pocas horas antes de morir, Camilo Flórez, un hombre muy, muy antiguo, encontró la manera de hacerse consciente el tiempo suficiente para verme junto a su cama y, sin poder ya articular ninguna palabra inteligible, pedirme con gesto mínimo que me dejase abrazar por él. Y sepan ustedes que en ese momento, viendo la expresión de felicidad en su cara, di por saldada cualquier cuenta pendiente que el trato brusco y carente de emotividad hubiera podido dejar.

Un fuerte abrazo, padre.

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