Jugar contra trece

Mi padre me llevó al estadio Santiago Bernabéu calculo que con unos siete u ocho añitos. Era, pues, 1963 ó 1964. Acorralado por decenas de señores mayores, alcanzaba a ver lo que podía por el hueco que mi padre conseguía hacer entre las nutridas filas de espectadores, siempre arriba del todo, siempre de pie, en General, que era como llamaban entonces al sector más barato del estadio.

Desde allí arriba, los jugadores se veían muy, muy pequeñitos ahí abajo, en el césped. Incluso con la excelente vista que supongo que yo tenía entonces, no se conseguía distinguir quién era quién. Mejor dicho, no se conseguía distinguir la cara de cada uno, pero sí quién tenía la pelota.

En unos casos era por el lugar que ocupaba en el campo; en otros, por las características de su juego. Por eso se podía distinguir a Gento, por ejemplo, ya que siempre jugaba pegado a la banda izquierda y corría de una manera desaforada, al estilo de Bale en la jugada contra Bartra en un reciente Madrid-Barcelona. Se podía saber que era Puskas quien tenía la pelota por lo fuerte, raso y ajustado al palo que tiraba a puerta. ¡Y con la pierna izquierda, qué locura...! Y se sabía si era Kopa, porque sus diabluras por banda derecha hacían presagiar a su ilustre heredero, Amancio Amaro Varela.

Había otro jugador, sin embargo, a quien no se le podía ubicar por la zona en que jugaba, porque estaba en todas. Pero si veías a uno que le quitaba el balón al contrario defendiéndole, echaba a correr muy rápido, regateaba en el centro del campo con soltura y ciencia, pasaba con precisión y goleaba con picardía... entonces sabías perfectamente de quién se trataba.

El Real Madrid de aquella época ganó cinco copas de Europa seguidas, y las malas lenguas achacaban aquel éxito continuado a los oficios del ya por entonces presidente del club, Santiago Bernabéu, en oficinas y despachos nacionales e internacionales. Pero cualquiera que viese jugar al Real Madrid de entonces sabía que no era necesario eso. El Madrid hacía su propia trampa en el campo sin participación alguna de sus directivos: jugaba con trece cuando los otros equipos lo hacían con once, gracias a ese jugador que era el cuarto defensa, el tercer medio y el quinto delantero.

No hay fronteras cuando se trata de artistas. Ese hombre lo hizo evidente cuando recogió el aplauso, a veces renuente y cabreado, de centenares de miles de aficionados al fútbol, muchos de ellos forofos de los equipos rivales. A pesar del paso del tiempo, ni siquiera figuras de la talla de Pelé o Maradona pueden comparársele, porque ni Pelé ni Maradona pudieron nunca decir con certeza si sabían o no defender bien, ya que casi nunca lo hicieron. Sólo Johan Cruyff, por su versatilidad y categoría, ha podido igualarse a él.

Para saber reconocer la valía y la altura de un jugador así, es necesario crecer, jugar al fútbol (aunque sea mal) y ser capaz de reflexionar sobre él. El fútbol, en contra de lo que se pueda pensar, no es país para niños.

Descanse en paz ese jugador a quien no hace falta nombrar, porque ningún otro podría ser él.




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