Fumar mata

He vuelto a fumar, miren ustedes por dónde. Después de trece años, creo, de no hacerlo, ahora me ha dado por ahí. No tiene mucha relevancia el porqué, es sólo porque en momentos de mucha tensión, de muchas cosas que hacer al mismo tiempo y todas muy distintas, los cinco segundos que se tarda en mirar los cigarrillos, decidir fumarse uno, sacarlo del paquete y encenderlo, liberan mucha de esa tensión.

Creo que volveré a dejarlo, pero no porque no me guste (me encanta), sino por pavor a que mi hijo Marcos crea que me voy a morir sin remedio. Es lo que pensó al principio (él, que jamás me había visto fumar) cuando me vio encender uno y leyó la ostentosa leyenda que obligan a poner en los paquetes: "Fumar mata".

El tabaco puede ser causante de varios tipos de cáncer que pueden ser mortales con bastante facilidad. Además, produce un incontestable deterioro de la capacidad física en varios sentidos. Quien aspira continuadamente su humo, aun sin fumarlo, se ve perjudicado también, siquiera sea marginalmente. Pero eso mismo, o más, se puede decir de decenas o centenares de productos y acciones que consumimos o por las que nos vemos afectados a diario, sin que por ello nadie mueva un dedo para anatematizarlas.

Pensemos en el brutal deterioro de la atmósfera terrestre, e incluso de las capas por encima de ellas. Nos jugamos el planeta, pero los países pueden comprar cuotas de contaminación a otros para cubrir el expediente de que cumplen con Kioto, Yamamoto o la conferencia que toque en cada momento, aunque sigan contaminando a placer. Los vehículos a motor proporcionan o potencian muchas de las afecciones pulmonares y respiratorias en general, pero el Gobierno invierte dinero en incentivar la compra de más vehículos.

Vivir en la calle y sin trabajo crea un estrés insoportable que produce compulsión hacia el suicidio, y en ocasiones éste se produce. No tener con qué alimentarse produce malnutrición y trastornos del crecimiento en los niños que no pueden tomar la suficiente leche, la suficiente fruta, la suficiente carne y el suficiente cariño de unos padres volcados exclusivamente en encontrar una ocupación remunerada con la que darle algo de todo lo demás. El permanente acoso laboral y la amenaza de despido libre, o el trabajo esclavo al que el sistema nos aboca, produce trastornos de la personalidad y vuelve violenta a la gente.

Les invito a que completen ustedes la lista, que con todos estos ejemplos se ha quedado muy corta. Yo, por mi parte, voy a fumarme un pitillo para que se me pase la mala leche.

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