Felicidad para Raquel

Hay momentos que se deben disfrutar en soledad para que tengan todo su sabor. Hoy, en una mañana absolutamente otoñal, encuentro cinco minutos para fumar un cigarro en la terraza de mi piso en Rivas. Son casi las diez de la mañana y el sol calienta lo justo para secar poco a poco la ropa tendida. Apoyado en la baranda, me dejo sorprender por una especie de agudizamiento de los sentidos. Me parece escuchar, con los ojos entrecerrados, a la hormiga que camina, marcial, por su sendero en la tierra de enfrente; o la hoja de ese árbol cayendo desde tres metros; hasta parece que escucho a la sombra arrastrarse por el suelo cambiando de posición lentamente. Un jardinero usa su rastrillo en un movimiento acompasado y sin prisas, sin ruidos, bajo este amable sol de otoño.

Me gustaría que pudiera disfrutar de todo esto Raquel, la madre abandonada con dos hijos que intenta que Bankia le admita cambiar el pago de su hipoteca por un alquiler social ajustado a los 450 euros que ingresa al mes. Me gustaría que pudiera saber que sigue teniendo problemas, pero que puede afrontarlos desde un lugar en el que salir cinco minutos a la terraza en una mañana de sol amable y escuchar a las hormigas, los jardineros y las hojas cayendo.

Después podrá volver a sus preocupaciones, pero al menos habrá sentido algo grande, unos minutos de felicidad durante el día.

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