Lástima de San Mamés

En estos días se procede a la retirada del arco de San Mamés, una estructura metálica muy al gusto del industrialismo bilbaíno de principios de siglo pasado (aunque realizada en los años cincuenta o sesenta) que se prolongó hasta bien entrado el mismo y que otorgaba (el arco, no el industrialismo) a la propia ciudad de Bilbao un paisaje reconocible a gran distancia. Vamos, que, sin llegar a ser la Torre Eiffel, hacía las veces de tal en ese reducto de una antigua burguesía vasca soñadora de tener un estado propio que gobernar y un país propio al que poder sacar la sangre.

Con la retirada de ese emblemático arco, prácticamente se puede decir que el trabajo de demoler el viejo estadio de fútbol del Athlétic de Bilbao, queda terminado.

A mí, que no soy seguidor de ese equipo de fútbol, aunque nunca me ha caído nada mal a pesar de las sonoras e injustificadas pitadas que allí ha recibido el Real Madrid (el más glorioso club de todos los tiempos y lugares, sin duda), a mí, digo, me da bastante pena que la Catedral, como era conocido, se desvanezca, por muy útil que sea el terreno que ocupaba para construir otro campo.

Yo, qué quieren que les diga, habría aprovechado para realizar con ese estadio un ejercicio de producción intensiva de cohesión intergeneracional. Bajo tan pedante definición se oculta la brillante idea de haber construido el nuevo estadio en otro sitio y haber dejado que el viejo se fuera haciendo más viejo, que sucumbiese, si preciso fuera, a los efectos del tiempo y de quién sabe qué espantosas enfermedades que afecten a las estructuras arquitectónicas.

Al cabo de veinte o treinta años, habría ya una generación de jóvenes bilbaínos que podrían pasar por delante de las ruinas de la vieja Catedral y quedarse unos segundos mirándolas, como el que mira a algo reconocible, algo de cuando eran jóvenes. En plena vena romántica, podrían hacer como que escuchaban el griterío de los aficionados en sus gradas, jaleando o denostando a propios o a extraños. A sus hijos podrían mostrarles la mole y decirles: "Aquí venía yo a ver al Athlétic". Y sus hijos, a su vez, podrían mirar el viejo estadio con una difícil mezcla de asombro y de indiferencia, pero siempre con el respeto que, aun sin querer, producen las ruinas.

Porque los edificios en ruinas, como las personas ancianas, son injustamente apartadas de la vida en general con la excusa de que hay que hacer (o nacer) cosas nuevas, personas nuevas. Y yo me pregunto: ¿es imprescindible hacer desaparecer lo viejo, las ruinas, lo que se cae a cachos, para hacer nacer lo nuevo? ¿No se puede hacer nacer en otra parte?.

Ya sé que la Acrópolis, pongamos por caso, es una ruina gloriosa que se mantiene con los mayores cuidados, pero se trata de una ruina de feria. Si las ruinas tuvieran sentimientos, bien que lloraría esa espléndida estructura ateniense por no poder disponer de un momento a solas para recordar a sus héroes de antaño. Y si las ruinas no tienen tiempo para recordar, sino sólo para ofrecerse, un poco prostitutas tal vez, a los ojos de los turistas, entonces tampoco puede haber ojos que vean en ellas la majestuosidad que tuvieron,  aunque sólo sea en nuestra memoria, siempre dispuesta a magnificar el pasado.

Descubro ahora con estupor que ese verso de la versión española de la Internacional en el que se hace alusión a la necesidad de "hacer del pasado añicos", es el que se viene aplicando a las ruinas, las humanas y las arquitectónicas. Con lo útil que sería hacerlo valer para lo que los compositores del himno querían: hacer añicos el tipo de sociedad y la injusticia que la acompañaba y la acompaña aun hoy.

Pero no a los edificios. Dejadlos en paz y que sirvan de ancla a una memoria cada vez más difícil de retener entre tanta novedad.

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