El esbirro ilustrado

Se entiende por esbirro, en la plena y formal acepción de la palabra, una persona que realiza, pagado por otra, acciones violentas indicadas por aquél o aquélla. Haciendo extensivo su uso razonablemente, hemos llegado a utilizar el término para designar a quien, más allá del carácter exactamente violento de la acción cometida, mantiene la circunstancia de actuar por encargo y de que su acción implique menoscabo o quebranto para terceros.

Esbirros famosos han sido, en la literatura y el cine, el Sheriff de Nottingham, que persigue no sólo a Robin Hood, sino a los pobres aldeanos que apoyan al héroe-bandido, y los deja sin hogar y sin pertenencias. Esbirro es, aunque digno de lástima, el personaje encarnado por el sin par Pepe Isbert en "El Verdugo", de Luis García Berlanga, como también es aspirante a esbirro el personaje de su yerno en el film. Esbirro es el alguacil que en "El hombre de La Mancha" busca, encuentra y detiene a Cervantes/Don Quijote en mitad de su representación callejera. Y esbirros son quienes llevan a la hoguera a los monjes espirituales, culpables de racionalidad sin saberlo, en "El nombre de la Rosa".

Fuera de la literatura y dentro de la vida, esbirros eran los de la Inquisición real, tantos siglos en activo y hasta ahora mismo. Esbirros, sin duda, fueron todos y cada uno de los soldados y miembros de distintos cuerpos de la mal llamada seguridad del III Reich y de la Policía de Beria. Esbirros son los soldados y generales que, por todo el mundo, actúan bajo el supuesto amparo de la obediencia debida, a cambio de un sueldo, magnífico en unos casos y magro en otros.

Aquí mismo, hoy en día, tenemos esbirros, claro está. Suelen aparecer uniformados en las manifestaciones últimamente, y descargan los porrazos y los hematomas a tantos euros el golpe. La gente, en general, tiene una imagen no ya pobre, sino directamente lamentable de la condición humana de estos esbirros. Se les asimila a seres tremendamente ignorantes y propensos a seguir siéndolo por voluntad, y no sólo por circunstancias.

Pero hay uno que no cumple con estas normas. El otro día denunció a una persona por haber utilizado el nombre y los argumentos de Gramsci en una red social. Si bien Don Antonio no era un hombre especialmente violento ni inclinado a la revolución armada en según qué sitios y tiempos, lo cierto es que muchos de sus escritos han estado en la base de grandes reflexiones revolucionarias de los últimos cincuenta años.

Es por eso que el esbirro que hizo la denuncia no andaba descaminado al pretender ganar su paga gracias a la misma. Si le encargaron, como es seguro, perseguir y señalar a quienes puedan suponer un peligro para este sistema, cumplió su cometido. Pero, parafraseando a Quevedo, hay que decir en su descargo que en esbirro se ha convertido, mas en esbirro ilustrado.

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