Las banderas

No pensaba escribir sobre lo obvio, pero me encuentro con esta entrevista en Público a un catedrático de Historia y me pueden las ganas de protestar por el desaliño intelectual con que personas a las que se supone sobrada enjundia, analizan las cosas y llegan a conclusiones baladíes.

Es el caso que don José Álvarez Junco se ha especializado, según el diario, en algo tan sorprendentemente específico como "construcción nacional de España y el significado de la adopción y difusión de los símbolos nacionales". Da la sensación de que hoy en día es posible buscar tantas especialidades como gustos y/o intereses particulares tenga un investigador, pero en fin, eso es harina de otro costal. Volviendo a la entrevista, el catedrático dice que la proliferación pública de banderas rojigualdas está perdiendo "las connotaciones políticas asociadas a la extrema derecha".

Yo creo que la agobiante presencia de la bandera por todas partes esconde, tras la excusa del fútbol, una irrefrenable catarsis en torno a la necesidad de salir de pobres, salir de marginados, salir de la mierda, en fin. Algo muy loable, pues ninguna de las tres cosas es plato de gusto. El problema viene cuando para conseguirlo se recurre a algo tan excluyente como la nacionalidad. Porque uno puede ser del Barça o del Madrid y, dependiendo con quién esté y de la realidad que vea, cambiar de equipo y unirse a los aficionados que hasta hace poco eran rivales. Uno puede gustar del cine francés (es raro, pero puede ocurrir) y, sin embargo, hacer un día buena piña con los amantes del cine norteamericano. Uno puede, incluso, ser de izquierdas y hacer una pausa en la lucha política para saborear una cerveza con un amigo de derechas.

Pero lo que no puede hacer uno, por más que quiera, es convertirse en español si no lo es. Un paraguayo, por más que sea excelente y simpática persona, no podrá hacerse español para compartir con otras personas de nacionalidad española una velada en torno a un partido de fútbol, si esas otras personas insisten en abrazarse y saltar al grito de "Yo soy español, español, español, español..." ¿Qué podría hacer el paraguayo? O el alemán, si viene al caso.

Nada hay tan excluyente como esa versión ramplona y zafia del nacionalismo. Es la versión que siempre ha tenido la extrema derecha, o incluso la derecha a secas. Y lo que se está exacerbando con los éxitos de la selección de fútbol es esa versión del nacionalismo español. Lo curioso del caso es que seguramente varios de los que están contribuyendo con su juego a los éxitos de la selección de España, habrían estado en la manifestación de hoy en Catalunya para protestar por el dictamen del Tribunal Constitucional sobre el Estatut catalán.

Créame, señor Álvarez Junco, puede que la bandera no se asocie a la extrema derecha porque muchas de las ideas de la extrema derecha ya están bien metidas en una parte de los que llevan las banderas.

Comentarios

SPOOK ha dicho que…
Y a más, más. La roji-gualda es un símbolo de una parte de España.
No se si usted le molestará recordar, pero no puedo dejar de evocar la importancia que tuvo en su momento la aceptación de este símbolo por el comité nacional del PCE, que significaba traicionar/ olvidar la lucha de los camaradas, la aceptación de la victoria de media España sobre la otra media. A mi juicio ese acto fué peor que la renuncia al marxismo de los otros (y tal vileza para ser admitidos en el reparto ¡¡)

Bienvenidos sean los símbolos que representen unión, pero no será con la imposición de una banderita como se unirá a los españoles. Como usted escribe, si alguien no desea ser español no va a cambiar porque se le imponga lo que para él es un trapo, o peor, un símbolo de prepotente imposición. Así estamos desde que Isabel y Fernando se unieron en un muy real y católico matrimonio, más de cinco siglos de fracaso deberían ser argumento suficiente para cejar en el empeño de un objetivo imposible.
No hay que ser catedrático para “saber leer” la historia.
un cordial saludo
Júcaro ha dicho que…
Que la rojigualda, como apunta Spook, es un símbolo de una parte de España parece más que eviodente. La propia Constitución de 1978 desechó esa expresión abanderada para decir en su art, 4 que la bandera es "roja amarilla y roja". Por otra parte, cuando la selección pasó a denominarse La Roja, muhcos nos identificamos con ella. Viva er furbo y, si gana la roja, esta noche todos de botellón bendecido por alcaldes y alcaldesas patrias.
SPOOK ha dicho que…
Josep Ramoneda hoy en El Pais.
"(…) Deben sentirse muy inseguros en la defensa de la nación española cuando tienen que convertir al fútbol en bandera para la reconstrucción nacional. Realmente, están ya en el último recurso."
un cordial saludo
Juan L. Iglesias ha dicho que…
Puede que no venga a cuento, pero el otro día en el bar oía a un par hablando de que si (aunque entrecomille no es literal) "hombre, es que normalmente no, porque me llamarían facha, pero ahora sí que me pongo yo el pin de la bandera, ojalá fuera mundial todo el año".
AF ha dicho que…
Efectivamente, don Spook, don Júcaro y dn Juan L., se multiplican los síntomas de que el señor catedrático se equioca. Consiero muy probable que haya una buena cantidad de gente que de forma más o menos inocente se acople su banderita sin darle mayores connotaciones que las futboleras. Pero sinceramente, creo que no es eso lo que delimita la trascendencia social y política del asunto.

Don Spook, no sólo no me molesta recordar la cesión que usted menciona por parte del PCE, sino que la rcuerdo muy v´vidamente. Entonces casi todos íbamos a casi todos los mítines, y yo estuve en el que el PCE organizó en el estadio del Rayo Vallecano (mire usted por dónde, otro símbolo del fútbol, aunque bien distinto). Allí hubo que oír cómo, a pesar de lo tradicionalmente disciplinado de la militancia del PCE, se levantaba un cierto clamor de mosqueo contra aquél trágala que implicaba la bandera de los Borbones puesta detrás del estrado de oradores.

Fue un golpe y todo un símbolo, porque las banderas, indudablemente, tienen mucha importancia. Si no, no estaríamos pegándonos por ellas cada dos por tres.

Un saludo.

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