Una ducha muy a tiempo

Veinte minutos para ducharse, justo cuando el médico le va a hacer un control antidoping. El reglamento dice que desde el momento en que se incia el trámite, el ciclista no puede separarse del médico que le va a hacer el control, pero Lance Armstrong tiene una bula especial que le viene de antiguo, de cuando comenzó a trastear con diversos medicamentos que sirven para esto (la lucha contra el cáncer) y para aquello (potenciar ciertas funciones vitales del cuerpo cuando de hacer un esfuerzo se trata).

Yo siempre he creido que eso del control antidoping es la expresión de un enorme cinismo que recorre el deporte profesional, donde se exige a los deportistas una constante mejora de marcas y resultados sobre logros ya obtenidos que cada vez son más difíciles de superar por procedimientos normales, por cuerpos normales, aunque sean superdotados dentro de esa normalidad. Creo que todo el mundo debe elegir entre deporte real y espectáculo, y si elige lo primero deberá renunciar a ver records rotos año tras año, olimpiada tras olimpiada, como si se tratase de un manantial inagotable al cual sólo hubiera que ir con nuestro vaso vacío y llenarlo hasta el borde de asombro. Y si se elige espectáculo, deberá mandar a paseo a todos los falsos gurús de la pureza deportiva y deberá clamar, aunque sea en el desierto, por la libertad de los profesionales para tratarse por los procedimientos que crean convenientes, siempre y cuando no dañen su salud a corto y medio plazo.

El problema con Armstrong es que se quiere quedar con lo mejor de ambos mundos: quiere brillar con la estrella de los grandes deportistas de todos los tiempos y quiere también que le dejen hacerlo con lo que pille a mano. Incluida una ducha de veinte minutos justo a tiempo.

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