Para esto no necesito un Gobierno

Anda terminando una semana que recuerdo como la más negra de cuantas he sido consciente en toda mi vida. Claro que viví la crisis del petróleo, en 1973, pero entonces yo tenía 17 años y aún no me había batido el cobre en el mercado de trabajo, bastante contraído en aquel momento, como dirían piadosamente los economistas pijos. Un año después tuve la suerte de encontrar mi primer trabajo serio, con contrato fijo y 9.000 pesetas al mes, un sueldo relativamente decente entonces.

Sin embargo ahora las dimensiones del destrozo producen auténtico pánico. La no reacción del Gobierno, sin duda atenazado por la incapacidad de plantar cara a aquellos con quienes tantas veces han pactado el futuro de este país, no es el menor de los factores que contribuyen a aterrorizar. Porque aterrador es (perdonen la insistencia en el verbo) ver que el Presidente de la teórica octava economía del mundo y su mano derecha, de nombre Pepiño, de lo único que son capaces es de mostrar cierta molestia por la insistencia de la Banca en no hacerles ni puñetero caso. Incluso cuando alguno de sus ministros hace una leve salida del guión y se atreve a amenazar a los bancos con perder la paciencia (¡de perder la paciencia, jopelines!), enseguida va el mencionado Pepiño y con perruna sumisión, propia de un encargado de local de alterne, se apresura a decir que no, que el Gobierno tiene una paciencia infinita.

Y uno llega a la conclusión de que no necesita un Gobierno para esto. Porque amenazar con perder la paciencia y obtener los resultados que estos obtienen, ya lo sé hacer yo solito y me sale mucho más barato con idénticos resultados.

Señor Presidente, señoras y señores ministros, pepiños todos... ¡quedan ustedes despedidos!

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