Mariano Fernández Alatriste

Mariano Fernández Bermejo se había convertido en esa estrella fulgurante a la que tan acostumbrados nos van teniendo los políticos venidos del firmamento judicial. Nada más entrar en el Gobierno sostuvo varios duelos en los que se le vio la destreza en el manejo no sólo de la espada, sino también de la daga, cualidad luchadora de gran utilidad en la política. Seguramente esa primera época de su ministerio (tan cercana en el tiempo, por otra parte, ya que su carrera ha sido intensa, pero corta) la vivió Fernández Bermejo con la embriagadora sensación del espadachín que termina victorioso pelea tras pelea y se encuentra jaleado en la taberna por sus compañeros de armas. Un Alatriste de la política con el gesto algo menos adusto que el que Pérez Reverte dibuja casi siempre en su personaje.

Pero en ese poco tiempo se le han echado encima los enemigos por las esquinas, tirándole cuchilladas a la altura del vientre como sólo hacen los matasietes a sueldo de cualquier innoble miembro de la nobleza. En una celada en la que él, de todas formas, cayó porque su estilo no es ir prevenido, ha encontrado una muerte que ha sido digna en tanto no se ha desgañitado en el fondo del callejón llamando entre lloros a unos amigos que sabía que no vendrían a ayudarle.

Esos amigos, bien lo habrá sabido Fernández Bermejo, lo son de los de taberna, rápidos para celebrar la estocada fácil y distantes a la hora de la sangre. Son amigos de esos que amagan contra el cardenal pero acaban dándole más abultada bolsa que la que antes recibía; que sacan el pecho contra el lejano rey de los ingleses pero inclinan, mansos y agradecidos, la testuz ante el francés; que prometen luchar y se esconden tras la empalizada. No es su lugar el barro de Flandes, sino la empedrada acera de la Corte.

No sería yo de quienes invitasen a beber a este Alatriste parlamentario, pues me queda muy lejana su odiosa afición a la pólvora. Pero no dejo de reconocer en él el signo de estos tiempos en que defender el oro del rey te pone en el trance de no saber quién quiere robarlo.

Comentarios

J. G Centeno ha dicho que…
Revertiana entrada, acorde, efectivamente, con el personaje, que se nos hizo simpático a fuer de lanzar estocadas contra los villanos que voacé menciona. Es la demagogia, Alfonso Guerra era un maestro entre los maestros, que con lenguaje populachero oculta las innumerables carencias que tienen, en lo ideológico y lo programático todos los gobiernos del PSOE. Pero trás ese lenguaje, harto grandilocuente, en numerosas ocasiones, no había nada, los problemas de la justicia siguen siendo exactamente los mismos que cuando llegó.
Naveganterojo ha dicho que…
Pues aunque he visto y leido a "alatriste", voy a hablar con el corazon y no con la mente.
Para mi la dimision de Bermejo ha sido una victoria vergonzosa de los voceros de siempre que parece que han descubierto que gritando mas alto, se les escucha mas, y una derrota de la izquierda, que se ha apoquinado ante el empuje brutal y antidemocratico de los de siempre.
Creo que el gobierno y sobre todo el partido del gobierno tendrian que haber arropado a Bermejo, y sacar a relucir por activa y por pasiva toda la trama de corrupcion ,espionaje, prevaricacion y mentiras del principal partido de la oposicion.
Pero echo el daño, ¿como va a contratacar el PSOE?, ¿exigira a chillido limpio la dimision de la espe, de Camps, de Rajoy, de Fabra, de los cuarentay pico alcaldes imputados en corrupcion urbanistica, de los doscientos y pico secretarios de ayuntamientos de derechas que estan siendo investigados por el mismo tema?.
Que yo sepa al ministro Bermejo no se le ha investigado, ni imputado, ni juzgado, por lo cual, mientras no se demuestre lo contrario, es inocente.
¿¿¿o es que por el echo de ser socialista ya somos culpables mientras que si somos de derechas siempre salimos libres????.
En fin, creo que nuestra democracia no es tan madura ni tan perfecta como algunos nos quieren hacer creer.
Un abrazo

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