Carabanchel: lección de historia

El pasado 4 de octubre íbamos mi hijo, su madre y yo en mi coche por la Avenida de los Poblados, en Madrid. Al pasar por delante de la antigua cárcel de Carabanchel, el chico miró hacia el desolado edificio y preguntó qué era eso. La pregunta, como pueden imaginar, dio lugar a una explicación regularmente larga, porque la respuesta que inicialmente se le ocurre a uno en esas circunstancias, que no es otra que "es una cárcel vieja", dio lugar a la siguiente cadena de nuevas preguntas y respuestas:

- ¿Y por qué está rota?
- Porque ya no hay ningún preso
- ¿Y dónde están?
- En otras carceles
- ¿Y están en la cárcel porque son ladrones?
- Algunos, sí, pero muchos de los que estaban en esta cárcel, no.
- Y entonces, ¿porqué estaban en la cárcel, qué habían hecho?

La cosa, a estas alturas, ya se barruntaba complicada, sobre todo para explicar mientras uno conduce. Entre su madre y yo le fuimos desgranando lo más simplificadamente que supimos la historia de varios familiares que habían estado en esta cárcel por ser antifranquistas. La reacción del chico fue notoria, ya que, a diferencia de lo que ocurre con tantas otras cosas sobre las que pregunta, en esa ocasión se quedó mudo durante un buen rato, señal inequívoca de que algo le andaba dando vueltas a la cabeza. Al llegar a casa volvió a preguntarme por la cárcel y por la razón que había llevado a un tío mío a ser inquilino de la misma. Ya más relajado, le conté lo mejor que pude la historia.

Fue la primera vez que le conté algo relacionado con la Guerra Civil, siendo, como pueden imaginar, algo que uno arde en deseos de hacer. Y el chico asimiló lo que le conté porque había visto una cosa fea y medio rota que le había llamado la atención y le había dejado impresionado. Una cosa que ya, mañana mismo, no estará ocupando ese mismo solar.

Hay cosas, objetos, calles, edificios... que adquieren un halo romántico. En el caso de la cárcel de Carabanchel, la historia de quienes han pasado por ella parece quedarse prendida entre las rejas, y a la primera que alguien echa una mirada hacia ellas da la sensación de que esas historia ven la posibilidad de salir del olvido y las ruinas, y sacan entre los barrotes sus brazos para ser vistas y poder gritar quiénes son, qué hacen allí y pedir que las saquen.

Son unos cuantos gritos menos que vamos a poder oir a partir de mañana. Afortunadamente, a mi hijo le dio tiempo a ver la cárcel, a impresionarse con ella y a preguntar qué era aquello. Y cuando vuelva a pasar con él por allí, haré lo posible por llamar su atención sobre el vacío dejado por las excavadoras y sobre las razones de por qué ya no está allí la cárcel. Será difícil y largo, pero ya se me ocurrirá cómo hacerlo. El objetivo es que cuando sea mayor, sepa lo que ocurrió hace muchos años en su país, y que si alguien quiere volver a imponer algo similar, pueda reconocerlo y oponerse a ello.

Es tan fácil y tan normal, que no entiendo cómo nadie puede ponerle reparos a eso.

Comentarios

J. G Centeno ha dicho que…
A este paso, tendrá usted a su hijo sin bautizar, lo cual mediatiza su futuro, además de que no objetará EpC, con lo que le convertirá en un relativista moral, y futuro ocupante del infierno. Grave responsabilidad la suya, que lo sepa.
ernesto51 ha dicho que…
Afortunada responsabilidad la ejercida y acertadamente matizada por la lección (magistral) de hostoria aportada.

Los pueblos que olvidan sus aspectos más nefandos vuelven a caer en ellos.

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