Parecido, pero menos

Los vientos que corren hacen comprensible la sensación de que se vuelve a la Guerra Fría de hace más de medio siglo. Contribuyen a ello los acontecimientos en Georgia y las pretensiones norteamericanas y europeas en Polonia, así como la escalada de tensión con los yanquis en América Latina (1, 2). La reciente boutade de la incomprensible candidata republicana a la presidencia de Estados Unidos, Sarah Palin, se inserta en ese contexto de progresiva radicalización de los enfrentamientos.

En América Latina, tanto Evo Morales en Bolivia, como Rafael Correa en Ecuador, han planteado una democratización política y económica que choca con los intereses de los más ricos de ambos países y con los de Estados Unidos, en una revitalización de su adormilada, pero no extinta, pulsión imperialista. Mientras tanto, en Venezuela el histriónico Chávez plantea una estructura de relaciones mucho más difusa y populista pero, al fin y al cabo, se basa en unos mecanismos tradicionales para asentar su postura internacional: el antiimperialismo norteamericano de tanta raigambre en todo el continente. Por su parte, Lula, en su papel de presidente del país más rico de América Latina, reparte sus pasos en una y otra direccion, jugando a dos bandas en toda la medida de lo posible con el fin de ir abriéndose paso.

Y, para redondear la similitud, a Estados Unidos no le falta su dosis (bastante severa, por cierto) de guerra extraterritorial, en este caso en Irak y Afganistán. El número de bajas norteamericanas en ambos no alcanza aún al de Corea y Vietnam, pero va siendo ya lo suficientemente alto, y la duración del conflicto lo suficientemente larga, como para que empiecen a cumplir la misma función de desgaste que las intervenciones en el Sudeste asiático.

Sin embargo, subsisten poderosísimas diferencias entre aquella época y ésta que vivimos. El más importante es que, independientemente de lo acertado y aceptable de las motivaciones, hace cincuenta o sesenta años los conflictos se daban sobre una base teórica muy ideologizada políticamente, mientras que ahora lo único que está en juego es claramente la defensa de un estatus de poder por parte de Rusia y el intento de arrebatárselo por parte de Estados Unidos y sus aliados.

Cuando Fidel Castro invitó a Kruschev a colocar los misiles soviéticos en la isla, el dirigente ruso seguramente tuvo en la cabeza la gran oportunidad que se le brindaba para afianzar el poder de la URSS, independientemente de la ideología que daba cobertura a ese poder. Pero la reacción de alegría de la inmensa mayoría de gente que se había decantado ideológicamente por la izquierda, o que se sentía enfrentada al imperialismo norteamericano por razones más viscerales, tuvo motivaciones más genuinamente ideológicas. Y no es lo mismo hacer una cosa con unos motivos que con otros, independientemente de que el esultado, eventualmente, sea el mismo.

En cambio, cuando Chávez amenaza ahora con incrementar la presencia rusa en América Latina, ningún barniz ideológico puede ocultar la esencia de las intenciones rusas: recuperar bazas ante la situación comprometida en que le está colocando Estados Unidos y sus aliados europeos. Una buena parte, probablemente mayoritaria, de las poblaciones de Bolivia, Ecuador y Venezuela, y también del resto del continente sudamericano, puede que vivan la situación con grandes dosis de motivación ideológica, pero en lo tocante al estado de cosas más allá de su continente, no pueden engañarse.

Cuando hay ideología en la cabeza, los acontecimientos positivos refuerzan las creencias y fortalecen la capacidad de reacción. Cuando no la hay, pueden provocar euforia, pero su carácter gaseoso hace que se diluya el efecto sin consecuencias. Esa es la diferencia que veo y la razón por la que creo que a Estados Unidos le saldrá mucho más barata esta vuelta a la tensión.

Incluso si gana Obama.

Comentarios

Martín G. Ramis ha dicho que…
interesante, sí señor.

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