Las alas del deporte español

Leo en Apuntes de bolsillo un inquisitivo post de don Manuel en el que se pregunta qué es lo que ocurre con el deporte español, que tantos éxitos del más alto nivel atesora en tan pocas semanas. No le falta razón para llamar la atención sobre el asunto, porque ciertamente hemos pasado la que posiblemente pueda calificarse de la mejor semana del deporte español de todos los tiempos: campeonato de Europa de selecciones nacionales absolutas de fútbol en Austria-Suiza; campeonato de tenis masculino de Wimbledon; liderato dos días seguidos en el Tour de Francia (con serios visos de acabar haciéndose con él en París)... Y si ampliamos el plazo de manera razonable, nos encontraremos con los éxitos de los últimos años en el baloncesto, el balonmano, la natación, algunas especialidades atléticas, el waterpolo, el hockey, el fútbol sala, el motociclismo, la Fórmula 1...

Yo creo que el modelo deportivo español inagurado de cara a la Olimpiada de 1992, consistente en invertir mucho dinero público y de patrocinadores en laboratorios donde forjar deportistas de élite, ha demostrado su utilidad a la hora de conseguir objetivos. No es un modelo distinto del de otros países, lo que ha ocurrido en España es que ha llamado mucho más la atención al comparar con la absoluta mediocridad en que estaba sumido hasta entonces un país que por número de habitantes y por características sociológicas, podía aspirar a mucho más. La cuestión es definir con más precisión qué entendemos por éxito, lo que nos lleva a definirnos sobre algo más importante: qué queremos, como sociedad, sacar del deporte.

Porque el deporte tiene varias caras, pero las dos que me parecen más importantes son la cara del ocio y la de la formación individual. Para la primera faceta, no cabe duda, lo que cuentan son estos éxitos de los que podemos disfrutar quienes queramos ahora mismo. Se basa en ver por la tele a la selección española (usémosla como ejemplo) ganando partido tras partido y jugando bien, y alborozarnos con ello hasta el infinito, ir a la plaza de Colón en Madrid y ponernos hasta arriba de cerveza. No lo digo en plan especialmente crítico, me parece bien dentro de ciertos límites.

La otra faceta, en cambio, es más exigente, menos agradecida, porque los éxitos en ella no son tan visibles en un momento puntual, como puede ser las dos horas de una final de fútbol. Los éxitos en el aspecto de la formación individual se miden a largo plazo, a muy largo plazo incluso. El deporte desde siempre ha sido un elemento de formación de las personas en su infancia y juventud, si se usa como tal y no como la mera enseñanza de una técnica y de todos los truquillos que acompañan a ésta. Con el uso correcto de la enseñanza del deporte creo que se hacen mejores personas en muchas cuestiones, comenzando por las relaciones sociales y la capacidad de entendimiento en general y terminando por la disciplina necesaria para tantas cuestiones de la vida.

Sinceramente, creo que nada sabe de esto último el Programa ADO, ni pretende saberlo. El modelo deportivo español está pensado para ponerle alas a los deportistas, pero sólo a aquellos cuyo coeficiente de penetración del aire sea, de por sí, el mejor. Mientras no haya otros programas para la otra faceta del deporte, tendremos que limitarnos a sentirnos representados por esas alas en todas partes, pero sin poder volar nosotros, el humilde resto del país.

Comentarios

Manuel Ortiz ha dicho que…
Sin ir más lejos, el otro día estaba pensando sobre el papel que representan en todo este tinglado los presidentes de los clubes de fútbol. Tela.

En todo este asunto podría hacerse una clara diferenciación entre los deportistas de élite y la gente que practica algún deporte. También sobre el mensaje que transmiten los deportistas. Mientras Nadal y Federer ennoblecen la práctica deportiva comportándose como autenticos gentlemen, todavía me escuece la bravata de Cesc, el futbolista de la selección española: "Hoy, todos a emborracharnos". Creo que se tuvo que disculpar al día siguiente.

En fin, ya ves que el tema da juego, nunca mejor dicho.

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