Socialismo o barbarie

No lo puedo evitar. Cada día voy deprimiéndome más y viéndolo todo cada vez más negro.

Me explico.

Hace seis años, cuando estaba a pocos meses de ser padre, me planteaba intermitentemente (como creo que harán casi todos, si no todos, los padres que van a serlo por primera vez) el futuro de mi hijo aún no nacido. Proveniente de una cultura de izquierda materialista que tiene a gala anteponer la razón al corazón, no podía por menos de sentirme escéptico respecto a ese futuro, por cuanto la policrisis (término que, como Cela en su breve actuación en la película La colmena, le regalo a quien la quiera usar) que ya entonces se adivinaba era de tal envergadura, que daba yo en creer que la actual civilización iba a pique y que a mi hijo, llegado el momento, tendría que aconsejarle que no fuese, a su vez, padre, por cuanto seguramente a mi nieto o nieta le íbamos a dejar entre todos un planeta en putrefacción y una vida muy oscura.

Con el transcurso de tan sólo dos o tres años más, la marcha de los acontecimientos me hizo pensar que debería modificar mi futuro discurso a mi hijo, y en vez de limitarme a señalarle la conveniencia de no tener él los suyos para no dejarlos en un mundo en descomposición, lo que tendría que avisarle sería de su más que probable necesidad de enfrentarse él mismo a tan lastimosa situación.

Pero en estos días estoy teniendo que modificar una vez más mis temores. Ahora me veo en la necesidad de pensar que seré yo mismo quien alcanzará a ver la caída de la civilización. El fin del mundo al que me refería en una entrada reciente. Y quizás no en el fin de mis días, sino probablemente mucho antes. Digamos en unos diez o quince años más. Pánico me da pensar en ello, pero por otro lado no puedo evitar el intento de adivinar cuáles serán los pasos que nos llevarán a la pesadilla y en qué orden irán dándose.

Y, créanme, no hay posibilidad práctica de evitar la catástrofe. Queda por ver si se dará bajo la forma de guerras abiertas y masivas que enfrentarán a los habitantes de países pobres, caídos directamente en la miseria, con los de los países ricos (es decir, lo que ya hoy se da, pero con dimensiones mucho mayores); o será el definitivo desvarío del clima y sus consecuencias geográficas inimaginables; o si se tratará de la aparición de multitud de enfermedades epidémicas mortales y rápidas; o si se conjugará todo ello para formar un mosaico tétrico de confusión y muerte. Pero la catástrofe se dará.

Podría, quizás, haber alguna posibilidad de, por un lado, limitar los daños de estos efectos, y, por otro, de procurar una posibilidad de futuro más coherente. Pero es sumamente dudoso que tal posibilidad se materialice, por cuanto dependería de la radicalidad y rapidez con que se abandonase el actual modelo socioeconómico y se adoptara otro del que quedara desterrado el principio del beneficio privado como motor fundamental de la iniciativa. Un modelo que, sin dejar totalmente arrinconado ese beneficio privado, pero manteniéndolo tan sólo a nivel de premio adicional, antepusiera no obstante el beneficio común y el reparto igualitario de la riqueza existente a cualquier otro criterio. Un modelo que comprendiese la necesidad de recortar drásticamente el consumo del primer mundo, no sólo para permitir un equilibrio ecológico de otra manera imposible de lograr, sino también para permitir que teniendo los más ricos menos cosas, puedan tener más los más pobres.

¿Que les suena? Naturalmente que les suena. Es que sigue ahí, presente, y ahora más que nunca, la necesidad de hacerlo realidad. Si alguna vez se acuñó una frase afortunada, fue aquella de "socialismo o barbarie". Y ya tenemos pie y medio en esta última.

Comentarios

Gallo Rojo ha dicho que…
La civilización o si se puede seguir llamando así, está en gran medida pérdida. Aún más en países como Colombia en los que los derechos humanos y los mínimos de exigibilidad y dignidad humana son violentados a diario.

La pregunta más que a un pesimismo bien merecido, es a un activismo, a darle extensión y fuerza a nuestras manos, así como dinámica al corazón.

Saludos.
RGAlmazán ha dicho que…
D. Antonio, le veo muy pesimista. La verdad es que objetivamente no hay razones para ser optimista pero hombre, lo suyo es demasiao.
No creo que el fin del mundo está tan cercano. Sin embargo, si no se corrigen ciertos efectos nocivos terminaremos con el mundo en un plazo medio, no creo que sea en esta y la próxima generación.

En fin, por el bien de todos, esperemos que haya correciones, que hoy todavía no se ven.

Salud y República
Manuel Ortiz ha dicho que…
Por el contrario, yo le encuentro a usted muy optimista. El fin del mundo hace mucho que llegó. Actualmente, sólo vivimos ya un sueño surrealista. Consciente de ello, trato cada día de vivir con la mejor de mis sonrisas.

Un saludo.

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