La imagen al servicio de la tormenta

A mediados de los años setenta la práctica totalidad de los jóvenes y adolescentes con un mínimo de "inquietud social" (eufemismo que denotaba una inclinación antifranquista) intentábamos nadar, con mayor o menor suerte, en el proceloso mar de la cinematografía culta. Era, claro está, un cuasi mandamiento cultural no escrito el que cualquier progre (adjetivo que tenía una connotación absolutamente positiva, a diferencia de lo que ocurre ahora en muchos casos) debía conocer y saber valorar los filmes de los Rohmer, Fassbinder, etc.

La asignatura (ya que por tal había de tomarse, pues continuamente nos sometíamos mutuamente a un examen sorpresa en cada conversación tomando un café o -más grave aún- en pleno proceso de ligue) incluía evidentemente las clases prácticas, lo que se traducía en frecuentes visitas a las filmotecas (en plural, no como ahora, que hay una oficial y pare usted de contar), que se convertían en museos activos en los que la juventud se empapaba de cultura y crítica moderna.

Se observará las veces que insisto en la juventud. Obviamente, en aquellas sesiones maratonianas en alguno de esos cines-templo, era posible encontrar también a personas mayores, pero su número era más bien escaso por la sencilla razón de que la generación que estaba heredando Mayo del 68 aún estaba en pañales, y esa y no otra era la generación que marcaba las tendencias.

Pues bien, en el caso de Madrid, de entre todos aquellos cines en los que me curtí como tantos otros en la difícil y tantas veces insoportable tarea de culturizarme, estaba el, en cierto sentido, malhadado Bellas Artes. Sito en los bajos del Círculo de Bellas Artes, era un emporio de la resistencia progre contra la caspa reaccionaria. Pero también era una sala de tortura capaz de programar, para desesperación de sus teóricos partidarios, sesiones maratonianas de cine de autor.

La razón por la que esa catedral del saber se convertía en zafia mazmorra poblada de herrumbrosas cadenas y de tenebrosos rincones no era otra que sus butacas. Diseñadas sin duda por algún laureado miembro de la Brigada Político Social, estaban asombrosamente adelantadas a su tiempo y resultaban ecológicas en su uso, ya que no consumían energía de ningún tipo y su funcionamiento era tan automático que anulaba la necesidad de personal torturador, otro signo de los tiempos posteriores.

Pues bien, entre todas las soporíferas y espantosamente incómodas tardes que pasé en el Bellas Artes, destaca la que dediqué al famosísimo ciclo de Ingmar Bergman. Ver seguidas (con sólo cinco minutos de descanso entre una y otra) Fresas salvajes, El manantial de la doncella y El séptimo sello, es un reto que invito a repetir a cuantos me pongan algún pero a esta remembranza (que alguno habrá, seguramente con mucha razón). Sin embargo, de cuantos maratones me tragué en ese cine emblemático, sólo recuerdo con curiosidad y sin amargura las películas de Bergman. Otras muchas, especialmente las de la mayoría del cine francés de la época, me han llegado a parecer, con el tiempo, fatuas y pedantes hasta el paroxismo. E inútiles. Sobre todo inútiles.

Justo lo contrario que las películas de Bergman. Con el paso del tiempo, les descubre uno esa rara cualidad que hace que, varios años después de la época reseñada, todavía quisiera uno ir a ver Fanny y Alexander, y reconciliarse así con lo más parecido que un cineasta puede ser a un hombre atormentado y preocupado por sus propios fantasmas éticos. Hoy, misteriosamente, Bergman ha vencido en mí sobre aquella insoportable sensación de aburrimiento que en mi juventud tuve viendo algunas de sus películas, quizás a causa de la incoherencia de un programador decidido a sacar excesivo provecho a su sala y de la insoportable incomodidad de una butaca desvencijada. Hoy puedo ver de nuevo El séptimo sello y recrearme en la escrupulosa calma y limpieza y en la hermosa simplicidad y fuerza de la imagen puesta al servicio de la tormenta.

Mis admirados saludos, señor Bergman.

Comentarios

itaca2000 ha dicho que…
Jo, me traes inevitables recuerdos de juventud. Yo también viví la época y me tragué "Cara a cara al desnudo", película posterior por eso; entonces el cine de autor ya se había convertido en cine para la burguesía culta, "progre" o no progre. Pero también teniamos a Fellini, Visconti, Passolini, Stanley Kubrik (recuerda "La naranja mecánica), etc.

Saludos colega
RGAlmazán ha dicho que…
D. Antonio este podía ser un post para la bitácora de "El abuelo Cebolleta". El cine Bellas Artes como todos los que se conocían de Arte y Ensayo (Alexandra, Alphavilles, etc.)eran los cines donde se podían ver películas al margen de la distribución normal. Y la mayoría sin haber pasado las tijeras la censura. Y recuerdo tantas, como decía Itaca2000: la naranja mecánica; Amarcord, Fanny y Alexander, Muerte en Venecia. Y tantas otras ...
Bergmar tiene algo que sólo los grandes tienen. Por sus películas no pasa el tiempo. Al reves, cada vez que las vuelves a ver las encuentras más completas.
¡Que quiere que le diga! Yo soy bergmariano. Y sigo volviendo a ver sus películas de vez en cuando.

Salud y República
ATEO - ROJO - MASON ha dicho que…
Pues son uds. tela de rucos !!! eso, están platicando de hace un siglo por lo menos.

Salu2
AF ha dicho que…
En todo caso se tratará de un siglo de los pequeños, de los que sólo traen treinta y cinco años. Don Ateo, no sea usted tan descarado.

Un saludo.

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