La víctima no se arrodilla

Casi cuarenta años después de la salida por pies del ejército y la administración españolas del Sahara, sin mirar atrás para no ver lo que ocurría, el gobierno español no ha tenido interés ninguno en intentar personarse y mediar una vez más en la reunión que tendrá lugar en Estados Unidos entre representantes de Marruecos y del Frente Polisario, para ayudar a dirimir el contencioso que hay sobre la soberanía del territorio en litigio.

En esta ocasión, ni siquiera habrá una agenda que dé más expectativas a la reunión. Con la asistencia poco disimuladamente forzada de la ONU, simplemente el Polisario pondrá sobre la mesa de nuevo su reivindación de que se reconozca por parte de Marruecos el derecho de autodeterminación de la región y que el referéndum que se haga cuente con garantías en el censo (que no se dé por bueno el manipulado cien veces que el país norteafricano presenta como biblia a seguir); y Marruecos volverá a presentar su propuesta de una autonomía regional. O sea, nada, o poco más que nada.

Mientras tanto, desde hace muchos años, trabajadores que lo fueron de las empresas españolas que explotaron los recursos mineros del Sahara (fosfatos, principalmente) reclaman que la administración española les reconozca sus derechos según los contratos que en su día tuvieron. Escriben al Presidente del Gobierno español, pero no obtienen respuesta o la obtienen dilatoria e ineficiente. Representantes de organizaciones internacionales escriben también a los principales directivos de las empresas españolas que continúan beneficiándose de esos recursos hoy en día, comprándolos a una empresa marroquí que los obtiene sin que haya aún una bendición internacional legal a la ocupación marroquí del territorio. Se trata, por tanto, de un expolio que la empresa marroquí lleva a cabo, y de una colaboración en el expolio por parte de las empresas españolas.

Pero lo verdaderamente triste es que todo esto ocurre en la indiferencia más generalizada. Marruecos sabe desde hace décadas que su mejor aliado es ese, la indiferencia, el hastío. Quienes hace treinta o cuarenta años levantaban la voz para alinearse con el Polisario y los saharauis, hoy miran molestos a estos habitantes de las arenas y desean que, de una vez por todas, se den por vencidos, que admitan una solución cualquiera, por injusta e irrazonable que sea, con tal de quitarse de en medio el espectáculo insufrible de la víctima que no se arrodilla.

Busquen, si quieren, un punto de vista de esta última aquí. El punto de vista de Marruecos ya lo pueden encontrar por doquier.

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