In memoriam

Ayer, 1 de marzo, a las 2'45 horas, falleció en su habitación de la residencia La Ascensión, de Navalcarnero, Soledad León Horcajada, a los ochenta y nueve años bien cumplidos. Murió de falta de ganas de seguir viviendo, de edad y, sólo superficialmente, de falta de ingestión de alimentos. Había nacido el 15 de septiembre de 1917, acompañando a uno de los grandes acontecimientos de la Historia, y murió en medio de un magma histórico que ya no le preocupaba porque ni se enteraba de él. Había sido hija de socialista y había asimilado lo justo de las teorías y las prácticas de su padre. Lo justo para tener claro quiénes eran sus enemigos.

Generosa como he conocido a poca gente en mi vida, tenía e irradiaba una simpatía muy especial, una cordialidad que a algunos podía parecer artificial de puro exagerada, pero que era auténtica. No le faltaba, sin embargo, su genio, y más de una persona quedó sorprendida oyendo cómo abroncaba a algún conductor por aparcar incorrectamente sobre una acera, impidiendo el paso de los peatones.

Nacida en pleno barrio de Lavapiés, lugar donde parió más tarde a su hijo, atesoró esa mezcla contradictoria de maneras francas, generosas y arrojadas, pero también castizamente reaccionarias, que caracterizaba en tiempos a la gente de por allí. Como consecuencia de ello, tanto podía recordar con emoción la lucha vista contra los "moros" que trajo Franco, como despotricar contra todo aquéllo que le sonaba raro, extranjero; o contra esos hombres que se juntan con otros hombres, que hay que ver qué vergüenza.

Dotada de una voz melodiosa y de muy buen oído musical, cantaba infatigablemente desde que tengo memoria de ella. Tanto era su gusto por el canto, que pocos días después de nacer su único hijo, le llevó en brazos detrás de una puerta, se sentó y, tijeras en ristre, le cortó las uñas de la mano allí, detrás de la puerta, medio infalible, según ella, para que el vástago tuviera una buena voz.

Desde bastantes meses antes de su fallecimiento, perdida ya la razón y la facultad de reconocer a sus seres más cercanos, dio en cantar casi constantemente aquello que más le había gustado, un repertorio de zarzuela ciertamente bastante amplio. Apenas unos días antes de morir, aquejada de una neumonía que adelantó su muerte, aún sorprendía a los enfermeros del hospital con su entonación del castizo "Pichi, soy un chulo que castiga del Portillo a la Arganzuela, y es que no hay una chicuela que no quiera ser amiga de un seguro servidor..."

Con esa misma cancioncilla, pero con la voz más temblona que la que ella gastaba en sus últimos días, la despidió el que esto escribe.

A tu salud, Sole.

Comentarios

Daniel Isaac ha dicho que…
Mi pésame querido Antonio.

Un abrazo grande.
itaca2000 ha dicho que…
Lo mismo digo, igual que Daniel Isaac, mi pésame.

Te felicito por esa prosa lírica con la que has relatado este artículo. Genial.

Saludos fraternales
RGAlmazán ha dicho que…
Se me acaban de saltar las lágrimas. Has descrito casi a mi madre. Tambíen nacida en Lavapiés y también con mucho gancho y talento como toda esa generación.
No tanto lo de la música pero si esa forma de ser. De las JSU, en su tiempo, pero sin comprender la homosexualidad hasta que murió en Noviembre del 2005.

Lo siento mucho Antonio y gracias por tu bella entrada porque además de Soledad, habla de una generación que ha dado tanto y no ha recibido casi nada.

Salud y República
Gracchus Babeuf ha dicho que…
Mi solidaridad, compañero.
AF ha dicho que…
Infinitas gracias.
J. G Centeno ha dicho que…
Un fuerte abrazo, sin más

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