Los amantes de Teruel

Se quisieron todo lo apasionadamente que sus dimensiones públicas les permitieron. Representantes máximos de la cultura anticomunista de cruz y espada, Francisco Franco Bahamonde, el maestro y precursor, y Augusto Pinochet Ugarte, el aventajado discípulo, no llegaron a tratarse en lo personal con la asiduidad que habrían querido. Les faltaron espacios para ello.

Cualquier pareja requiere, para profundizar su relación, de la existencia de espacios físicos, de lugares y ocasiones en los que verse, contarse sus secretos y experimentar el contacto físico. En el caso de estos dos amantes de Teruel, la excitante relación de sus torturas y asesinatos habría procurado, sin duda alguna, un fuego especial, un morbo delicuescente a sus encuentros.

Pero hete aquí que apenas pudieron tener ese espacio. Otros grandes amantes políticos podían beneficiarse de las cumbres políticas, de los cócteles en las embajadas y de las visitas de Estado. No así Franco y Pinochet, malditos por casi todos, que se vieron durante toda su vida política marginados y reducidos al claustro de sus feudos. Ni siquiera quienes se aprovecharon de sus actos quisieron reconocerles su utilidad.

Algo, sin embargo, les ha diferenciado en su muerte: mientras uno, el maestro, consiguió amarrarse a tiempo al carro de la muerte antes de tener que ver cómo se deshacía buena parte de lo más sangrante de su tinglado, el otro, el discípulo, ha continuado durante una eternidad corroyéndose por dentro al ver cómo se deshacía el suyo. Por eso es comprensible que quisiera resarcirse de alguna manera, siquiera fuese con unos cuantos millones estafados aquí y allá. ¡Qué menos que la patria recompense así a quien dijo haberlo dado todo por ella!

Chilenos y chilenas: penséis como penséis, creedme, estáis de enhorabuena por la muerte de este ser despreciable. Y, pese a lo que pese, estáis de enhoramala, como en su día lo estuvimos las y los españoles, porque el asesino ha muerto, como quien dice, en su cama.

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