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De una pieza

Esculpir una estatua sobre un bloque de piedra es tarea laboriosa e intrincada. Suele tener la piedra, depende de cuál, vetas más duras, partes más blandas, y el escoplo puede resbalar sobre las primeras o hendir en exceso las segundas. Es por ello que no salen dos estatuas iguales talladas a mano sobre piedra. No sé si será porque la vida es dura como una piedra, pero las personas salimos así: no hay dos exactamente iguales. Tiene por ello más mérito cuando una estatua -una vida- sale magnífica, esplendorosa, con cada detalle del rostro certeramente modelado, con vida en esa mirada que debería ser fría y vacua. Jacinta Perela era así: espléndida, tres veces más alta que lo que el metro decía de su estatura. En sus espaldas cabía un mundo de historias y en su boca un enorme catálogo de silencios. En sus ojos, casi azules, la sorna de quien está de vuelta de casi todas las cosas. Tras las espaldas, la sonrisa y la mirada de esa mujer de casi 99 años, hay tres hijas y un hijo, seis nieta

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